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Es cuestión de fenotipo

La televisión y el acceso a través de medios electrónicos de programas como los que usualmente se ven en la TV, proveen información relevante sobre el bien y el mal. Los estereotipos son claros.

Una cicatriz y latino basta para suponer que ese señor está en algo raro; el catirito prontamente resolverá cuanto problema surja. Cuando todos son catires, pues un buen casco alemán disipa la duda de quién está del lado de los perdedores. Si todos son alemanes, uno de ellos se dirigirá a otro como “camarada” para ubicar a la audiencia en lo que viene. 

En este sentido ¿Cómo es posible que estereotipos como éstos tengan éxito en países donde abundan latinos u otros que usual e invariablemente terminan siendo “el malvado” del film?

Veamos. Cuando el novicio atiende la primera clase de enfermería le enseñan que el dolor puede disminuirse a través de la distracción. El experto sugiere que “cuando estás concentrado en otras cosas, las señales dolorosas ‘compiten’ con aquello en lo que estás distraído, por lo tanto, tu cerebro les da menos importancia”.

La teoría de esta reflexión señala que es posible que se nos esté infringiendo dolor en pequeñas dosis y no nos estemos dando cuenta; que sustentablemente se siembra la dolorosa idea de que un coterráneo es el sistemático responsable de empobrecer a una comunidad y el único llamado a poner coto a la situación es otro fenotipo. Se siembra así el concepto de la admiración de un modelo específico de belleza. En la película protagonizada por el catirito conservador Clint Eastwood “El bueno, el malo y el feo” (1966) queda más que claro la correlación entre el fenotipo y el rol de cada actor. El bueno recibe el sobrenombre de “catire” y al final se queda con la mejor medición posible de fortuna en el film: “todo el oro”.

El cine hollywoodense tiene amplísima penetración en muchos países y Venezuela no es la excepción. Ya van varias generaciones a las que se les ha insuflado el producto.

Volviendo a la dosis cinematográfica, resistir no hace diferencia alguna; pues, sistemáticamente, al final, el bueno es -en cada ocasión- el mismo tipo de persona. Es cuestión de fenotipo.

Todos los organismos vivos son portadores de información codificada. Esto, que hoy nos parece obvio, en su momento fue chocante, anti-intuitivo. La revolución informática y la teoría de la información no habían mostrado la lógica e “intuitividad” de estos aspectos: no hay nada en sistemas no vivos -excepto los hechos por el hombre- que se corresponda con el genotipo.

En la amplia gama de proveedores de información ¿Cómo distinguir entre el bien y el mal?

¿Quién pudiera negar que la información surge hoy como remedio para la enfermedad inoculada a través de las Nuevas Guerras? Todo está en el nivel sensible interno, ergo: lo que logro que creas de ti.

*El autor es Presidente del Observatorio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación.

@betancourt_phd

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