InicioOpinión¡Feliz 2 mil siempre!

¡Feliz 2 mil siempre!

Hay gente que se pone loca, perversa y muy maluca. Generalmente se comporta así por ignorancia inducida por la avaricia, la vanidad, la envidia, la ambición, la ira o la soberbia que le ciega el entendimiento. Disociada como está puede ser muy dañina.

Hay miles de casos que podrían referirse. Sí, esos mismos que usted está pensando, comunes o poderosos.

Hace casi 20 años a dos tipos y una élite muy católica se les ocurrió la maldad de arrebatarle la Navidad al pueblo, por ambición de poder. Pretendieron someternos a la criminal penuria de no producir, ni distribuir alimentos, bebidas, ropa y juguetes tan necesarios para las tradicionales celebraciones decembrinas. Habíamos sufrido un golpe de Estado en abril y lo habíamos derrotado. Pero la élite insistió en su propósito y prohibió la Navidad de 2002, posponiéndola para enero cuando derrocaran a Chávez. ¡Ja, se montaron! Y se secaron.

Ignorantes, ¡muy brutos! En las manifestaciones populares había mucha simbología cristiana (siempre la ha habido, para pesar de la izquierda atea) que expresaba la verdad de un pueblo determinado y consiente. Recuerdo haber leído un cartel hecho a mano que protestaba contra los sumos sacerdotes del capital y traidores del trabajo y sentenciaba: “¡Dios lo puso y nadie lo saca! Feliz año 2021” Hoy Chávez sigue aquí con Maduro y el pueblo ha profetizado de nuevo: “Chávez hasta el 2 mil siempre”.

En 1787, iniciada las labores de la Audiencia, un juez movido por la ambición, actuando como “lima nueva”, se propuso acabar con la Navidad que se celebraba en la casa de un pardo apodado Curazao. Había teatro y títeres que contaban el misterio de la Natividad y se reunía allí mucha gente de “baja esfera”, “supersticiosa y poco creyente”: indios, zambos, mulatos y negros con gente blanca.

A pesar de la inquina del funcionario, el rey autorizó la celebración porque no había causa para molestar a la gente. La Navidad siguió hasta Carnaval y el aguafiestas no repitió en el cargo. Por la principal, se secó.

El diciembre del 2002 fue buenísimo, me desprendí de un bacalao, compré burda de comida, el niño Jesús llegó puntual, pagué un año de escuela de mi niña y hasta me tomé unas frías con Antonio, mi hijo mayor. Inolvidable convite con birras holandesas, vía Curazao. Todo, porque gracias a Dios, Chávez se quedó y a mí me botaron (y me pagaron lo mío) de la fábrica cervecera, donde trabajaba. Por chavista y charrasqueado, a mucha honra. Moraleja malucos: ¡No se monten!