InicioOpiniónHablaré de abejitas

Hablaré de abejitas

Procuraré complacer el delicado gusto de las tecnológicas que gobiernan las redes sociales. Omitiré, pues, toda alusión a sexo y política. Puedo hablar de eso, sí, pero me atengo a que mi texto se vea deprimido en los buscadores, entorpecida su circulación y eventualmente borrado, obliterado, excluido, execrado, acallado. Unilateralmente y sin apelación.

Durante siglos la filosofía ha discurrido sobre el poder, sobre quién manda y con qué derecho, sobre los fueros de la ciudadanía. Hubo una Carta Magna en 1215 entre súbditos ingleses con el rey Juan Sin Tierra, para equilibrar su ocurrente ejercicio de “ira et malevolentia” con los derechos de los barones alzados. Así se fueron desarrollando tesoneramente instrumentos como la división de poderes, las elección bastante popular de los gobiernos, las monarquías constitucionales, hasta incluso reducir la corona a la incómoda aunque paradójicamente arrellanada condición de jarrón chino, como en el mismo Reino Unido y otras monarquías europeas, con majestades que se portan bastante bien, con alguno que otro pícaro que se escabulle de su reino con alforjas llenas de euros, sin decir adónde. No sucede así con cierto príncipe heredeero del Medio Oriente, que tiene derecho a mandar a descuartizar periodistas en sus consulados —a esos el consternado Trump no los pone en listas que apoyan el terrorismo. Con esto ya me gané que este artículo sea bombeado de las redes. De eso no se puede hablar y de lo que no se puede hablar lo mejor es callar —dijo el filósofo Ludwig Wittgestein, genial y austríaco, pariente de Su Alteza Serenísima Corinna zu Sayn-Wittgenstein, a quien su carísima Majestad don Juan Carlos de Borbón y Borbón regaló en un arranque 60 millones de euros —eso se llama amor.

Las tecnológicas se desembarazaron de tanto formulismo y ejercen una satrapía cibernética.

Y hablando de amor, puedo disertar sobre flores, requiebros, esquelas perfumadas, pero no de chuqui chuqui.
Debo limitarme a discurrir sobre abejitas, cervatillos, florecillas franciscanas, pececillos de colores, pollitos que dicen pío pío pío y cierto barquito chiquitico que no podía navegar. En diminutivos preferiblemente. O sea, infantilizarme al gusto de las tecnológicas y los tiranos de toda la vida.

@rhm1947

Deja un comentario