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Hacer humana la humanidad

Nosotros, hagamos la historia / y otros la escriban / en un mundo mejor / Busca, buscar la lucha adentro/ por transformar el mundo/ significa amor. // Ayúdenla, ayúdenla / que sea humana, / la humanidad. / Ayúdenla, ayúdenla / que sea humana, / la humanidad. Alí Primera, en el Despertar de la historia

Hace una semana, más de 40 migrantes del África subsahariana fueron asesinados en la valla que separa el territorio marroquí del enclave español de Melilla… más de 40 humanos, con nombres, con historia, con familia, que huían de la guerra, de la pobreza, de la exclusión e intentaban una vida mejor en Europa. La respuesta de la policía marroquí, en coordinación con la policía española, fue brutal. Las imágenes de los cuerpos sin vida recordaban escenas terroríficas de los campos de concentración nazi. El jefe del Gobierno español, Pedro Sánchez, alabó la acción de las fuerzas del (des)orden afirmando que, ante el “asalto violento” de los migrantes, la situación había sido “bien resuelta”.

No pueden menos que indignar tales declaraciones que muestran semejante grado de inhumanidad de parte de un jefe de Estado. Parte de la prensa se atreve a cuestionarlo tímidamente; pero, en general, se repite una narrativa que coloca las palabras o el hecho mismo como algo aislado y sin contexto. En el mejor de los casos, se pide investigar y responsabilizar a los culpables. Si hay que investigar, si hay que identificar responsables, pero hay que ir más allá. Hay que empezar por reconocer que existe un racismo estructural y que ese racismo no se limita a actitudes individuales de un policía o un jefe de Estado.

La historia de África, desde el contacto con Europa a partir del siglo XVII, es una historia plagada de despojo, explotación, genocidio y epistemicidio, que comienza con el secuestro de millones de hombres y mujeres para ser vendidos en Abya Yala, como si fueran objetos o animales destinados al trabajo esclavizado. Esa historia no se queda allí. Europa no solo despobló a África durante los tiempos de la trata negrera, sino que desarticuló los canales tradicionales de comercio entre pueblos y naciones africanas, extrajo los recursos que permitieron desarrollar el capitalismo en Europa y generó una relación desigual entre ambos continentes que limitó las posibilidades de África de lograr su propio desarrollo.

Fue en 1885 cuando las naciones europeas se reunieron en la Conferencia de Berlín y acordaron la repartición del continente africano. Ya, en ese entonces, los europeos se habían apoderado de las redes de comercio, habían impuesto patrones de producción y consumo, y habían generado una relación de dependencia con Europa, como centro donde se tomaban las decisiones, y cada nación de África como periferias subordinadas. Después de la Conferencia de Berlín, todo el territorio del continente pasó a ser colonia de algún país europeo. Se trazaron fronteras artificiales y se separaron pueblos enteros, entre los cuales se crearon divisiones y enemistades que antes o no existían o se resolvían con base en sus propias formas de resolución de conflictos.

Esta historia se encuentra magistralmente documentada en el libro ‘Como Europa subdesarrolló a África”, del historiador y activista guyanés Walter Rodney. Es un trabajo de investigación que nos muestra la evolución de la relación entre Europa y África, y nos ayuda a comprender cómo llegamos hasta aquí. Rodney expone, en su libro datos sobre los intercambios de materias primas, el control monopólico del comercio impuesto por las compañías europeas, en complicidad con los Gobiernos y monarquías europeas, el trato absolutamente desigual con los trabajadores y las trabajadoras africanos, comparado con el que se daba en Europa; todo esto amparado en una superioridad militar que fue lo que en primera instancia permitió la colonización del territorio africano.

Europa, como nos expone Walter Rodney, en su excelente libro, no dio chance a las naciones africanas a transitar su propio camino. No solo convirtió a África en una gran hacienda de donde se extraían recursos para mantener sus niveles de vida y desarrollo (desarrollo desde su propia visión moderna), sino que afianzó su visión racista y supremacista considerando al negro y a la negra como seres inferiores, solo útiles en tanto herramientas para mantener la producción. En ese sentido, es de destacar que toda la institucionalidad, leyes, formas de gobierno, sistemas de educación y salud, etcétera, estaban (y siguen estando) sustentados en esa visión racista. Es el racismo estructural del que hablamos al principio.

Europa tiene una deuda con la humanidad y es verdad que hay que presionar para que se investigue la masacre de Melilla, pero no será la última vez que algo así ocurra. Actos similares, incluso más atroces, continuarán perpetrándose, mientras no se cuestione la raíz del problema. Se requiere investigación, concienciación y cambio de las estructuras educativas para lograr, no solo que se castigue cualquier acto racista, erradicar el racismo de mentes y corazones. 

En Venezuela, contamos con investigadores e investigadoras —como Jesús «Chucho» García, Meyby Ugueto-Ponce, Reinaldo Bolívar, Beatriz Aiffil, Diógenes Díaz, Lilia Ana Márquez y Argenis Delgado— que han producido conocimiento situado sobre estos temas y cuyos trabajos deben promoverse y ser base para el desarrollo de políticas públicas, cada vez más asertivas, dirigidas a combatir el racismo y erradicarlo totalmente de nuestra sociedad. Hacer humana a la humanidad debe ser nuestro norte y sur. 

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