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Hoy, ayer y siempre la historia no los perdonará

El reciente Primero de Mayo Venezuela vivió alegrías, anuncios positivos y Caracas una manifestación inmensa,bolivariana. Pero no siempre fue así.

 Para demostrarlo hay que echar hacia atrás en la Historia, específicamente hacia la primera mitad del siglo XIX, época en la que el Socialismo comienza a ser nombrado por intelectuales radicales (conde de Saint-Simon, Charles Fourier y el empresario británico Robert Owen) como una importante reacción a la doctrina liberal cuya dramática y horrenda experiencia  se expresaba en la Revolución Industrial. Nos referimos a la cultura de la muerte  y el olvido del respeto humano profesado por occidente  a favor del capital, ya  en ese entonces, pero que tendría un rebote importante  en un primero de mayo. Cabría recordar  lo nombrado en Birmingham, despacho periodístico  del año 1830. El despacho nos relata las condiciones infrahumanas de los trabajadores, viven hacinados, casi siempre en cuchitriles infectos -verdaderos nidos de enfermedades conta­giosas- desprovistos de cuanto antaño constituía su hogar. Por si fuera ya poco, los habitantes de estos pestilentes alojamientos no poseían ni siquiera la seguridad del mañana. Su salario puede subir o bajar cada mes, a veces semanal o diariamente. Las fábricas producen mucho, tal vez demasiado, sobrecargando de tal manera el mercado que a menudo es preciso reducir o suspender el trabajo e imponer a los asalariados un paro, sinónimo de miseria. Para los trabajos poco complicados se contrata a mujeres y niños por un salario ínfimo, con el cual los hombres no pueden conformarse. Una prueba de ello es que repetidas veces la Cámara de los Comunes inglesa ha ordenado investigaciones acerca de las condiciones en que trabajan las mujeres y los niños, de cuatro y cinco años son llevados por sus padres a verdaderos mercados de esclavos y vendidos a los representantes de la fábrica. En éstas se les obliga a trabajar en menesteres auxiliares, ingratos o insalubres, a oscuras en ocasiones, durante jornadas agotadoras que a veces alcanzan y rebasan las quince horas. Si se duermen, rendidos por el cansancio, se les golpea sin piedad y se les multa con cargo a sus salarios. Hombres y mujeres agotados por un trabajo abrumador encuentran momentos de olvido, en la embriaguez, que es -junto a la tisis-el azote principal de las gentes.

Trato Infernal a los infantes

 En 1845 el 43% de los trabajadores en fábricas de textiles de algodón eran menores de 18 años y en otras industrias este porcentaje era sustancialmente mayor. Algunos niños iniciaban su trabajo de aprendices desde los 7 años aunque la mayoría llegaba a las fábricas entre los 10 y 13 años. Allí permanecían vinculados a su lugar de empleo hasta los 21 años, en el caso de los varones, de matrimonio, en el caso de las niñas. Los esqueletos de los aprendices delatan las brutales condiciones en las fábricas. Los huesos de los menores estaban deformados, eran cortos en comparación con  los  de otros niños de esa época, y mostraban señales de deficiencias de vitaminas y enfermedades respiratorias.  Investigaciones han mostrado   muchos defectos en sus dientes, tanto en los dientes permanentes como en los dientes de leche, lo que demuestra la mala salud de los niños durante sus primeros años de vida.

También había evidencia de raquitismo y otras enfermedades causadas por  el escorbuto. Se  pudo diagnosticar estas condiciones porque dejan huellas en los huesos. El aire dentro de las fábricas estaba contaminado con fibras de algodón que los niños inhalaban y esto les causaba dificultades respiratorias. Es probable que tosieran mucho y sucumbieran a infecciones comunes como resfriados porque su sistema inmunológico estaba debilitado. Además, como era de esperar, hubo accidentes. En la fábrica de Fewston, un niño llamado Henry Ludley Marwood murió cuando su brazo quedó atrapado en una máquina y su carne se desgarró. Murió una semana después cuando le amputaron el brazo.

Ante esta situación deplorable  los trabajadores  empezaron a organizarse para defender sus derechos y reclamar mejoras. Durante el siglo XIX tuvieron lugar las primeras huelgas  y manifestaciones, que los amos de las empresas solían aplacar con el apoyo de las autoridades. Ante la presión de los trabajadores, en 1886 el gobierno de Estados Unidos decretó que el turno máximo era de 8 horas: así se dedicaban 8 horas al trabajo, 8 horas a dormir y 8 horas de tiempo libre. Sin embargo, algunos empresarios se negaron a cumplir la nueva ley. En Chicago, el 1 de mayo miles de trabajadores salieron a la calle para protestar. Hubo enfrentamientos con la policía, que disparaba a los manifestantes. Tres días más tarde, el 4 de mayo, estalló una bomba en la plaza de Haymarket que mató a un policía.Las autoridades culparon a los trabajadores y empezaron a detener a los manifestantes más radicales, los que defendían las ideas comunistas  que llegaban desde Europa. Ocho hombres fueron declarados culpables y cinco fueron condenados a muerte.

Tres años más tarde, en 1889, el Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional se reunió en París. Era un encuentro de trabajadores de varios países que se unían para defender sus derechos conjuntamente. Acordaron dedicar un día a los Mártires de Chicago. Desde entonces, el 1 de mayo se conmemora el Día Internacional del Trabajo, para reivindicar la mejora de las condiciones laborales de millones de trabajadores y trabajadoras en todo el mundo. 

En  el presente sabemos de maneras  iguales de crueles sufridas por los niños y las mujeres. La historia no los perdonará.

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