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¿Incólumes?  

Las reacciones ante mi último artículo titulado “Odio político” me impulsan a continuar ahondando sobre el protagonismo de ese afecto, devenido en pasión política que se niega a morir.

En base a comentarios, sugerencias y dudas,  destaca un interés en el tema y una lectura predominantemente emocional tanto del análisis como de hechos,  sucesos recientes y, por supuesto, de “el otro y/o la otra”. Se plantearon varias interrogantes que he resumido en dos ¿Ese odio es espontaneo o inducido? Y ¿Dónde se ha atrincherado el odio político? Según la OEA “Las expresiones de odio o el discurso destinado a intimidar, oprimir o incitar al odio o la violencia contra una persona o grupo en base a su raza, religión, nacionalidad, género, orientación sexual, discapacidad u otra característica grupal, no conoce fronteras de tiempo ni espacio.”

Desde sus inicios el odio político contaminó espacios públicos y privados y, en consecuencia, intoxicó las relaciones que allí tienen lugar.  En tiempos de polarización radical y extrema, ese odio tuvo un importante protagonismo y sus efectos erosivos afectaron todos los ámbitos, incluido el afectivo. En cuanto a si es espontaneo o inducido, considero se fue expandiendo paralelamente a la polarización política y allí impera una causalidad cómplice de diferentes actores políticos, económicos, mediáticos. Luego devino en algo “natural” a la vez que en un arma política. Hoy día se ha atrincherado en las redes sociales donde prevalece y actúa a sus anchas. No obstante, sobrevive en otros espacios aun cuando disminuido, soterrado, oculto y acompañado de un sentimiento de culpa que confunde aún más.  En una suerte de exculpación, tendemos a confundirlo  con la libertad de expresión.  Hacemos esfuerzos por justificar nuestro odio, a la vez que  nos engañamos al tratar de depositarlo en quienes pretendemos son  los verdaderos odiadores.  El odio que actúa en el presente remueve y activa “sin querer queriendo” el pasado, reabre historias y conlleva asociaciones causales. 

Cerramos con una serie de interrogantes  ¿Aun predominan imaginarios segregativos? ¿Quién o quienes los alimentan? ¿Ha desaparecido la lógica política excluyente? ¿Nos exculpamos del odio propio? ¿Lo depositamos en los supuestos auténticos odiadores? ¿Estamos libres de odio?

@maryclens

1 COMENTARIO

  1. He comenzado a leer sus artículos de los domingos, pues había dejado de leerlos sin saber mucho la razón de hacerlo. Hoy, leyendo su último artículo sobre el odio político, me he dado cuenta de qué era lo que me producía rechazo. Se trata del énfasis que ud. le da al factor psicológico en sus análisis políticos. El llamado odio (así como casi todos los sentimientos en las relaciones de los humanos) tiene una base objetiva que se puede poner en evidencia. Por ejemplo, en nuestro caso, el venezolano por supuesto, se trata que en cada una de la hegemonías políticas que han estado presentes a lo largo de la casi bicentenaria vida como sociedad política independiente, la pérdida irreversible de los privilegios tiene una razón importante en el odio incoado hacia quien los ha sustituido. Eso es inevitable, por la manera de sustituir a las hegemonías precedente. Cada una que sustituye a la que estaba en el poder hace borrón y cuenta nueva de las ejecutorias amteriores. Así, los conservadores de Páez «odiaron» a los liberales de Guzmán y estos a su vez «odiaron» a los gomecistas y estos también «odiaron» a los adecos y, por último, estos «odian» al chavismo. Nuestra historia ha sido dominada por hegemonías casi absolutas sin reconocer la continuidad y los cambios para preservar al estado-nación venezolano. El odio, pues, se trata de una primitiva manifestación o reacción ante la pérdida de privilegios de quines estaba en el poder y lo perdieron. ¿No le parece?

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