Inmunes a la inteligencia

No puede haber guerra de razas porque no hay razas.
José Martí

La brutalidad se contagia porque es simple. La inteligencia infecta menos porque pensar cansa. Además, hay gente bruta porque es invulnerable a la inteligencia.

El racismo es una de las formas más indomables de la imbecilidad. Es tan fácil reducir la gente al color de su piel. Listo, simplón, no hay que pensar. Terminas preguntando a la Duquesa de Sussex de qué color será su hijo. El príncipe Enrique no quiere decir qué pariente le hizo la sarnosa pregunta, pero qué importa, cualquiera pudo ser porque está en su cultura.

Este conflicto ridículo de Meghan Markle y Enrique con la casa real es una alegoría impecable del racismo. La pareja debió precaverse pues que el racismo actual nació en la casa real británica. Meghan se metió en la boca del lobo. Eso me hace columbrar que la pareja casó por amor, otra brejetería en un clan en que desde hace siglos los matrimonios se conciertan por imperativos políticos en que el amor es un engorro, como pasó con Wallis Simpson, gringa, burguesa y plebeya, con el rey pronazi Eduardo VIII, que tuvo que abdicar para casar, dijo, “con la mujer que amo”.

La realeza conlleva toda clase de enojos, si eres mujer no puedes cruzar las piernas como Meghan. Si eres Lady Di, la mamá de Enrique, no puedes empatarte con un musulmán porque te matan. Los paparazzi te corretean por París hasta que te estrellas bajo el puente del Almá. Si no los mataron se parece igualito.

Su ex el príncipe Carlos de Gales tuvo dificultades para casar con la mujer que amaba, Camila, por no sé qué rollo de la dama, pero finalmente casaron y si Carlos hereda la corona será “reina consorte” como Letizia. No sé cuál es el chisme porque tampoco es que soy erudito en cotilleos de la realeza como Boris Izaguirre, que dijo que la preguntica la hizo Camila. Hay cosas más divertidas.

Hace un siglo Leoncio Martínez escribió el sainete Salto atrás, lo más parecido al caso del hijo de Meghan y Enrique. En una encopetada familia caraqueña nace un negrito. El “problema” es cómo explicar esa “desgracia” al padre alemán cuando regrese de un viaje. No te cuento el sorprendente final para no chalequearte el simpático entremés. Cualquier día, pandemia mediante, el Celarg lo repone.
@rhm1947

 

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