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Insurgencia subjetiva

A Casimira Monasterio, ejemplo
de lucha amorosa por la igualdad

El sábado 19 de marzo me declaré en semana festiva. Como descendiente de los negros de Guatire y blancas de orilla de Caracas, soy caraqueño de quinta generación, de San José-Cotiza, mulato o pardo quinterón.

Es decir, descendiente de blancos con negros esclavizados desde mis tatarabuelos. Hijo de cuarterón con blanca.

Hace unos años mi hijo Felipe me preguntó por uno de esos escudos de armas y una historia del apellido Pellicer, de esos que se sacan en una especie de telecajero del aeropuerto de Barajas. Comencé a explicarle que era un apellido catalán y, muy descolonial yo, le dije que el nuestro venía de los negros de Guatire, porque los amos le daban el apellido a sus esclavizados, quienes fueron los verdaderos constructores del país, porque eran quienes trabajaron para crear una economía y… Felipe me interrumpió preguntando por nuestro apellido africano, porque ese no era nuestro verdadero apellido. ¡Qué vergüenza siento todavía!

Siempre celebro el 10 de mayo, fecha del primer movimiento independentista de esta Patria, liderado por Chirino. Ahora, también esta semana pasada porque:

Desde el 19 en Caracas ya se sabía de “voces voladas” que la Ley de Abolición de la esclavitud se iba a promulgar. Una ley estafa, como muchas, defensora de los propietarios quienes debían ser indemnizados por el Estado. Es decir, que después de 300 años de resistencia y rebelión, la esclavización seguía siendo un problema de propiedad, no de fraternidad.

Lo que celebro es que el pueblo caraqueño el día 19 manifestó su intención de no aceptar que ese domingo, las todavía siervas le llevaran las alfombras a sus amas para que se pudieran hincar en los templos sin maltratarse las rodillas. Por temor, las doñas no fueron a misa o fueron sin la carne salada esa.

El 25, día de la promulgación de la ley, la gente gritó: “¡Abajo la alfombras, fuera la cecina!” Y el domingo 26 la supremacista aristocracia decidió que las siervas les cargaran las alfombras. Entonces el pueblo se las arrebató de las manos a las libertas y se las tiró en la cara a las “señoras”. Para la narrativa aristocrática fue un atentado de la chusma contra el bello sexo.

Para nosotros fue un evento de la insurrección subjetiva de un pueblo y una rebelión simbólica, máximas expresiones de una espiritualidad libertaria que permanece intacta en este pueblo insurgente.