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La construcción de una nación

El momento histórico actual nos llama, nos exige un accionar envidiable: la construcción de una nación. Construir una nación significa crear un espíritu de cuerpo nacional e internacionalista. Significa democratizar hasta el último aliento para dar salida al alma popular. Significa pasar de una economía rentista a una productiva anclada en la agricultura, la agroindustria, la petroquímica, la biotecnología y donde el basamento de los conocimientos de las ciencias teórico-metodológicas, físico experimentales y sociales en combinatoria con el saber popular, pasan a desempeñar un lugar determinante y decisivo.

Se trata de superar el drama de los circuitos escolares en el que los hijos de las clases pudientes y de grupos medios tienen acceso al conocimiento científico y los de acá, los que habitamos en barriadas, donde en verdad en cada esquina vive la vida, el conocimiento derivado de la investigación al interior de las universidades, el modo de producción de conocimientos, es ignorado para no permitir su inserción en práctica social diaria.

Construir una nación significa que todos tengamos la oportunidad de acceder al conocimiento para transformar realidades. Construir una nación pasa por la adecuación de los sistemas escolar y educativo al modelo productivo socialista, al fortalecimiento de la investigación y del uso de tecnologías de la información y comunicación en el proceso educativo y al desarrollo de un sistema de innovación; todo en el marco de un plan de desarrollo territorial desconcentrado.

En Venezuela se desarrolla una crisis epocal; como expresara Gramsci, estamos en presencia de un modelo societal que está muriendo y no acaba de morir y otro que está naciendo y no acaba de nacer. Se está derrumbando la vieja hegemonía del capital trasnacional y su expresión en Venezuela, por grandes medios de comunicación, por partidos políticos desnacionalizados, por la alta jerarquía católica y está surgiendo una nueva hegemonía expresada en una alianza cívico militar, afianzada en movimientos sociales y organizaciones políticas progresistas y de izquierda. En este escenario, las universidades tradicionales autónomas se han alineado con la hegemonía moribunda; en su interior dominan todavía el humanismo como residuo de la universidad colonial; el cientificismo, como reducto del positivismo o bien de los modelos positivistas; el tecnicismo, como expresión de la penetración neocolonial norteamericana y el filosofismo universalista expresando a los modelos europeos.

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