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La criminalidad mantuana contra Sucre

Antonio José de Sucre nació en Cumaná el 3 de febrero de 1795 y fue integrante de una familia mantuana. Con apenas 15 años asumió su responsabilidad patriótica y se enroló en la lucha emancipadora, luego de regresar a la capital del estado que hoy lleva su apellido y encontrarse que los suyos estaban metidos de lleno en la gesta anticolonialista. Para 1810 ya era subteniente de las milicias regladas de infantería.

Pasó por la Escuela de Ingeniería, donde estudió álgebra, geometría, agrimensura, fortificación, artillería y topografía cuyos conocimientos lo llevaron a ser un oficial de alta jerarquía en quien el Libertador depositó gran confianza, de ahí que lo designara jefe de las fuerzas patrióticas que triunfaron en 1822 y 1824 en Pichincha y Ayacucho.

Su grandeza lo llevó a ser perseguido por la maldad criminal de algunos sectores del mantuanaje por lo cual habría de ser asesinado en la montaña de Berruecos, Colombia, el 4 de junio de 1830. Antes fue víctima de un atentado en el llamado “motín de Chuquisaca” el 18 de abril de 1828, dirigido por el abogado Casimiro Olañeta, quien tenía como objetivo devolver el territorio de Bolivia al Perú, fundada el 6 de agosto de 1825 por Simón Bolívar. La acción fue ejecutada por el general peruano Agustín Gamarra. De ese atentado Sucre quedó prácticamente inútil de uno de sus brazos. En esas condiciones al ya Gran Mariscal de Ayacucho, el Congreso boliviano le ofreció la presidencia en forma vitalicia, pero lo aceptó solamente por dos años. En su mensaje al Parlamento, Sucre pronunció estas palabras: “… Y aunque por resultados de instigaciones extrañas, llevo roto este brazo que en Ayacucho terminó la guerra de independencia americana, que destruyó las cadenas del Perú y dio ser a Bolivia, me conformo cuando en medio de difíciles circunstancias, tengo mi conciencia libre de todo crimen”.

En 1817 Bolívar corroboraba sus virtudes en una misiva que le había escrito, entre otras cosas le dijo: “ En cuanto Cumaná esté libre de facciosos y enemigos, le llamaré a usted a mi lado, y no lo haré como un favor, sino como una necesidad, o más bien por satisfacer mi corazón que lo ama a usted y conoce sus méritos”.

En 1825 el Congreso peruano le otorgó el título de Gran Mariscal de Ayacucho. Con toda esa gloria no pudo escapar a los atentados hasta que, finalmente la criminalidad se impuso en la montaña de Berruecos, cuando se dirigía a Quito a reunirse con su esposa Mariana Carcelén y Larrea… “han matado al Abel de América”, dijo Bolívar.

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