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La libertad de Milei

«¡Viva la libertad, carajo!». Es la consigna que hace rugir el argentino Javier Milei, en sus discursos políticos. Una señal que pareciera haberse convertido en el principal eslogan de los candidatos de Occidente, en el continente americano. «¡Viva la libertad!» es la propaganda que también pregonan Donald Trump, en los EE. UU.; y Eduardo Verástegui, en México. El concepto de «libertad» que utilizan los candidatos del capitalismo y su desarrollo imperialista viene acompañado de una invitación a luchar por las libertades fundamentales, la abundancia de los que disfrutan la vida y se ganan lo que tienen, en contra de los «zurdos» y el «maldito socialismo, que solo conduce a la pobreza y a la muerte». Pareciera que los tres personajes tuvieran el mismo libreto. Los (des)calificativos son los mismos, la sintaxis es similar, el objetivo es igual: salvar al mundo, a las familias y a los pueblos, de los «zurdos».  

Los tres políticos mencionados se definen a sí mismos como «luchadores por la libertad». Pero… ¿cuál es el contenido de la libertad de Milei y el resto de la comparsa? La libertad de poseer, o sea, la libertad de propiedad. Esa libertad —que debe subsistir, en toda su fuerza, intensidad y vigor— es la libertad burguesa, ¡carajo! Esa concepción formalizada de libertad que presupone que un individuo solo puede ser libre cuando se convierte en propietario; es decir: cuanto más adquirimos mercancías, más libres somos.  De ahí, la frase «la abundancia de los que disfrutan y se ganan lo que tienen». El acumular riqueza es consagrado y el individuo considera la acumulación que logra como una literal bendición.

La libertad de Milei no es otra cosa que una «teología de la prosperidad, de la acumulación, del consumo». El filósofo boliviano Rafael Bautista lo explica de la siguiente manera: la libertad/salvación que se persigue tiene precio y, cuanta más libertad/salvación se requiere, más precio tiene. Desde esta creencia, el vivir, como «vivir mejor», deviene, en palabras de Bautista, en una constante «inversión de los valores». Así, la codicia es la estructura normativa de un cálculo de maximización constante: «La codicia [es] el fundamento originario de una forma de vida, en cuanto acumulación progresiva de riqueza y [es] desplegada como economía política a nivel global. Por eso, una “acción racional” con arreglo a la codicia, no es un codiciar por codiciar, sino la codicia hecha forma de vida y, como tal, se constituye en principio de vida que le da contenido moral a la acumulación. No se acumula por acumular, sino que se asume la acumulación como un “servicio a la sociedad”, que presenta al crecimiento y al desarrollo como consecuencia de la acumulación. La codicia es buena; porque no es codicia, sino la forma del cálculo que hace de la maximización el motor que pone en marcha a la economía».

De ese modo, el ser propietario convierte las relaciones humanas en relaciones mercantiles y subsume a los demás como mediaciones para el logro de sus fines particulares, esto es, el individuo cosifica toda relación que adquiere, a objeto del cálculo de sus intereses. Como subraya Bautista, la codicia, entonces, constituye un principio de vida. Es el motor, hasta moral, que expresa la religiosidad de un mundo atravesado por relaciones estrictamente mercantiles y una religiosidad devota que el individuo moderno comulga en los nuevos templos: los bancos. No en vano Karl Marx llamaba, al capital, el nuevo dios.

La libertad de poseer se asume, desde esa religiosidad, como la libertad que la gente civilizada debe tener, y algunas otras frases trilladas, que parecieran endulzar el oído de los feligreses; pero que, en realidad, es una libertad carente de libertad que invita, literalmente, a la muerte. La utopía de Milei es la farsa de una libertad que elige el agravio a la vida.

En el libro Del mito del desarrollo al horizonte del «vivir bien»se describe, en detalle, cómo, frente a los problemas, cuando todos hacen su cálculo de utilidad respectivo, caen en cuenta que hacer algo, no genera beneficios. Si todo beneficio se circunscribe a la ganancia económica, entonces, «lo útil y racional» es lo que genera ganancias; por lo tanto, si hacer algo no genera ganancias, no hacemos nada. De esta manera, todos y todas, al perseguir exclusivamente nuestros propios intereses, ganamos relativamente, pero perdemos absolutamente. En eso consiste la irracionalidad de lo racionalizado: «El resultado es que la irracionalidad de lo racionalizado ―‘la exclusión’ [estas comillas son mías] de poblaciones enteras, la explotación, la subversión de las relaciones humanas por el cálculo de utilidad y la destrucción de la naturaleza― es protegida por la propia legalidad vigente. Como estas irracionalidades de lo racionalizado son resultado de las leyes del mercado, el núcleo de la legalidad está siempre del lado del proceso destructivo. Por eso, cuando aparecen acciones para limitar estas irracionalidades, desde el punto de vista de la legalidad burguesa, aparecen como distorsiones y se las denuncia como limitaciones a la libertad».

De manera fragmentaria, la libertad de Milei ―que es la libertad de Occidente― es la libertad de vivir mejor, que hace referencia al tener mercancías y a mantener una insatisfacción perpetua de siempre querer-tener más. Aunque esta lógica sea irracional, el sistema hegemónico, en nombre de la libertad, decide que es legal explotar/dominar al otro humano o destruir a la naturaleza no humana. Esa es, en categoría del maestro Franz Hinkelammert, la maldición que pesa sobre la ley moderna. Por ello, acusan al socialismo de ser una amenaza y a los zurdos de enemigos. Cualquiera que alce la voz contra la irracionalidad del sistema moderno/capitalista es una amenaza inusual y extraordinaria, a la que hay que silenciar y frenar a como dé lugar (históricamente, ya lo han hecho. No solo han pretendido destruir, sistemáticamente, la posibilidad de ensayar otra forma de vida en nuestra América y demás Sures globales, sino también las condiciones de seguir pensando teóricamente estas posibilidades; sin olvidar las campañas de descrédito, deformación y distorsión del núcleo fundamental del pensamiento de las izquierdas). Por eso Milei implora el compromiso de no dejarse «correr un milímetro por los zurdos, aun cuando parezca que tengan razón, ¡porque nunca la tienen!».

No son solo los zurdos quienes denuncian la irracionalidad e ilegitimidad de la falsa libertad de Occidente: la rebelión de los límites planetarios es el grito del sujeto, que manifiesta el carácter autodestructivo de esa libertad basada en una lógica suicida. En palabras de Bautista, «los límites se rebelan, hasta en nosotros, para mostrarnos la irracionalidad de una racionalidad que destruye sistemáticamente todo tipo de relaciones comunitarias, para imponernos exclusivamente relaciones sociales entre individuos enfrentados, unos a los otros, en su puro cálculo de interés individual».

La libertad es un hecho comunitario: la liberación solo es posible liberando a los demás. ¡Cómo puedo hablar de libertad, si mi prójimo humano y no humano vive oprimido por mi modelo de consumo! Hay que sacar la libertad del marco de interpretación colonial. Los valores únicamente se garantizan en la medida en que se reproducen. Es decir: la libertad (insiste Rafael Bautista) es importante porque permite optar por la vida. Se es libre para elegir la vida o la muerte, no para elegir cosas que el mercado ofreceEl sujeto es sujeto porque está sujeto a la vida: no a su vida, sino a la vida toda.

Lo lamentable es que muchos zurdos, colonizados por la libertad de poseer, terminan atrapados en la lógica de un sistema en decadencia. Algunos han internalizado tanto este concepto naturalizado de libertad que pareciera que no son capaces de visualizar otra manera de vivir: «Con el vivir bien, no se ganan elecciones»; «Tenemos que conectar con el sentimiento de lo que la gente espera»; «Podemos tener un socialismo o un comunismo de lujo, que aproveche las “bondades” de las tecnologías y la digitalización». El planteamiento de los problemas sociales es abordado, sistemáticamente, desde el proyecto civilizatorio de la modernidad, como la falta de desarrollo cuantitativo de una sociedad de consumo y acumulación capitalista. La superación de la pobreza, desde esta perspectiva, se mide por la cantidad de bienes y servicios en una tasación que se establece dentro de la comprensión de vida moderno-occidental capitalista. He allí los determinantes, pero también los efectos de la crisis civilizatoria. Dicho de una manera más explícita: el sistema también lo tenemos dentro y condiciona no solo nuestra manera de sentipensar, sino hasta nuestra manera de mirar. Es claro que uno de los grandes problemas del siglo XXI es la sobrevivencia. En un contexto histórico de agotamiento de los bienes esenciales para la vida, agudizado con agresiones imperialistas y saqueos de los territorios, emerge un sentido de preservación inmediato que reduce a la gente a solo preocuparse de necesidades «animales». Este control de la percepción elimina o debilita la capacidad de pensar en las verdaderas causas de nuestros problemas y en alternativas posibles y factibles para salir del laberinto de un sistema en decadencia. Así, simplificamos la vida desde el pensamiento automático que nos ha impuesto la irracionalidad dominante y terminamos convirtiéndonos en reproductores del criterio político del vivir mejor, asociado puramente al tener, a lo cuantitativo, que es lo más opuesto a la vida y que, como deplora el filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel, castra prácticamente la probabilidad de la vida.

En este momento de crisis ecosocial, la ética es una encrucijada histórica. El reto actual de la ética es detener el proceso destructivo de la vida, provocado por la lógica del capital. Ahí surge el principio crítico de la ética y la opción por los oprimidos del sistema. Diría Enrique Dussel, «no solo por los pobres, están también la mujer, las razas oprimidas, el problema ecológico». Ello implica (en el sentido en que lo alerta este filósofo de la liberación) no solo criticar el sistema, sino diagnosticar las causas de los males y las alternativas posibles del futuro. De lo contrario, es imposible pasar a la transformación. 

Todo acto, para que tenga pretensión de bondad, debe regirse por tres principios. Así lo arguye la ética crítica de Dussel: 1) que sostenga la vida (la vida de todos, incluyendo la de la madre tierra); la legitimidad (es válido y legítimo en la medida en que los afectados pueden participar simétricamente); la factibilidad (que sea empíricamente realizable).

Como militantes revolucionarios zurdos, tenemos la responsabilidad de pensar(nos), en el contexto de crisis que enfrenta la humanidad y que se expresa, de manera concreta, como crisis socioecológica. En el fondo, lo que está en crisis es el proyecto civilizatorio moderno-capitalista que, con su modo de vida burgués, está llevando a la humanidad a cancelar las posibilidades para la reproducción de la vida de la humanidad. El problema es que dicho proyecto civilizatorio ha desarrollado toda una justificación ideológica y científica que ha terminado imponiendo en el imaginario colectivo el credo de progreso/desarrollo capitalista, como la única opción de existencia posible. En este escenario, nos toca asumir la batalla de las ideas hacia la construcción de referentes civilizatorios pensados desde la reproducción de la vida y el vivir bien en comunidad. De ahí, la necesidad de realizar un trabajo pedagógico, formativo y comunicacional que se proponga una transformación cultural, para que dejemos de pensar el sentido de la vida en relación con el consumo moderno-capitalista insaciable y nos dispongamos a la construcción de relaciones verdaderamente humanas y comunitarias, que decanten en la satisfacción de las necesidades reales y en la solidaridad entre los pueblos.

Únicamente una reciprocidad libre puede fundar la comunidad. Como escribimos en otro «Pensar a fondo», recuperando a Franz Hinkelammert, lo indispensable —que es la convivencia, el bien común, la paz, el cuidado de la Tierra— no entra y no puede entrar en el cálculo de utilidad hecho por el sistema-mundo moderno, pues este se basa en la maximización de la tasa ganancia y la tasa de crecimiento de una economía de mercado. El compromiso con la libertad significa un compromiso con lo inútil, que es lo realmente indispensable. Esa es la verdadera libertad: la libertad de la responsabilidad, la libertad de elegir la vida. ¿Viva la libertad (de poseer y dominar), carajo? ¿Hasta cuándo? ¿A qué costo?

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