La mujer derrota al machismo

La violencia contra la mujer arrastra desde sus orígenes dos situaciones aberrantes. Por un lado, la conducta “de puertas para adentro” que atenta contra la integridad corporal y psíquica de la mujer, la paz familiar y el desarrollo de la personalidad. Es la conducta de los malos tratos en el ámbito familiar. Pero también, históricamente, apareció el “machismo”, una manera envalentonada de creerse superior a la mujer, o falocracia, que permitió, a su vez, la discriminación bajo ese raro concepto de infirmitas sexus para ser invocado cada vez que haya que limitar a la mujer en su libertad y en sus derechos. Por ello no era de extrañar el “machismo jurídico”, con raíces profundas en el derecho de la antigua Roma, promotor de normas que evidencian la desigualdad entre el hombre y la mujer. Todavía está en la memoria, por ejemplo, aquella disposición legal que obligaba a la mujer a seguir al marido a cualquier lugar que él escogiera. Este tipo de norma fue desapareciendo de los textos legales aunque alguna pudiera estar agazapada en vieja ley.

Para comprender el problema del “machismo” basta recordar aquellos momentos del “padrote” en el sentido de superioridad del macho, de dominio del hombre en la vida pública; o cuando nació la pretensión penal de hacer a las mujeres incapaces de ser plenamente imputables so pretexto de debilidad y, además, se les prohibía testificar; igual cuando se les excluía de los cargos públicos o, sencillamente, cuando en adulterio fue severamente castigada “con el solo y explícito fin de tutelar la honorabilidad de maridos y padres”, y así tantas y vulgares discriminaciones. Por suerte ese “machismo jurídico” colapsó en Venezuela, siendo factor determinante la revolución bolivariana donde la mujer tiene presencia en cualquier ámbito de la vida del país y, de primer orden, en los poderes del Estado para asumir la gobernabilidad.

En fin, el “machismo”, como perversa barrera a la libertad femenina, viene siendo derrotado por la mujer cuya combatividad no es “cosa de mujeres” sino su auténtica afirmación de la necesidad real por conquistar sus derechos en el mundo, como ahora lo hace por la despenalización del aborto en muchos países, bajo aquel legado histórico del “Manifiesto de las 343” de querer una sociedad sin riesgos de guerras y la decisión de concebir un hijo si este es su deseo. Firme y concluyente.

 

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