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La reina de la seguridad social

Sabemos que se debe tratar bien al caballo si uno quiere montarlo. Unas palmaditas, una sobadita de lomo, vienen bien para que el animal, que va a ser explotado, sienta que está siendo protegido. Ya montado, será tarde cuando note que el fuete y las espuelas no forman parte de un buen trato y que las gríngolas sirven para mantenerlo en un rumbo fijo, sin poder apreciar contextos que le permitan comparar o cambiar. Es esta una técnica que le funciona muy bien a la derecha durante las campañas electorales y, si ganan, en las primeras etapas de su gobierno.

El esquema de propaganda es sencillo, por lo tanto fácil de entender, y a la vez muy potente. Es una narrativa en la que una supuesta mayoría de gente honesta, la que ha invertido o trabajado (esta es la parte de la sobada de ego), es intensamente chuleada por un grupo improductivo que actúa desde la política y que garantiza su poder mediante la compra del voto de un grupo de vagos que vive, sin hacer nada, de la protección del Estado pagada por los que sí trabajan. La solución también es sencilla. Si se elimina la protección social, los empresarios gastan menos, pueden pagar mejores salarios y contratar más gente.

Pero, se debe entender que supuestamente es profundo el daño hecho a la economía por las prácticas de protección social (las gríngolas). Para corregirlo, es necesario un tiempo de sacrificio colectivo que corrija la economía (el látigo y la espuela). De este discurso, lo único real es que ganan más los empresarios. Los beneficios a los trabajadores quedan en el futuro.

Desde Rómulo Betancourt hasta Rafael Caldera II, todos los presidentes de Venezuela iniciaron sus mandatos diciendo que había que apretarse los cinturones, refiriendo así el sacrificio que los ciudadanos deberían hacer para el mejoramiento del desempeño económico del país.

Ronald Reagan comenzó la demolición del estado de bienestar de Estados Unidos. Durante su campaña en 1976, exagerando cifras, habló de la Reina del Bienestar, una mujer que habría estafado al Gobierno por un monto de 150.000 dólares al año, usando varios nombres para cobrar pensiones y subsidios.

Decía que ella manejaba un Cadillac mientras que la gente honesta tenía que ir en autobús a su trabajo. Justificó, con esta sola mujer, su decisión de recortar los “gastos” sociales a millones de ciudadanos. Nunca dijo que la mujer que le sirvió de modelo estaba en prisión, por ese hecho, desde 1974.

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