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La reina de las frutas

La depravación tiene deberes, el primero la desmesura, porque no tiene sentido aguarla con comedimiento. A Su Majestad fruticultora no le bastó robarse un dineral, exhibirlo obscenamente en los Emiratos —de repente es compinche del depravado Juan Carlos I de Dubái, porque alardea de maletines repletos de oro; ser muñeca de esa mafia, participar en orgías desaforadas; hacerse una valla en una autopista para autoproclamarse “reina de las frutas” y así cagarse en el alma de un país que está pasando por penurias de talla mundial. O sea, depravación infinita, hija del poder absoluto aquel de John Acton. La idea es que no haya límites para la bellaquería porque así se goza más, supongo.

Ahora a Su Majestad de las frutas la hacen desfilar en penitencia por televisión ante millones de sus víctimas, vestida de anaranjado. La depravación no conoce límites hacia arriba pero tampoco hacia abajo. Imagina su depre esperando una cana bien larga y encima con extinción de dominio, o sea, quedar pelando pero feo desde la casilla cero.
Porque la reina de las frutas ya no tiene quien le meta la mano ni la saque a bailar. Solo le quedan recuerdos y el consuelo de que esta revolución no tiene guillotina.

Sí, me estoy ensañando como ella se ensañó. Es lo que tiene el poder infinito cuando cae quien caiga, consecuencia de no prever las consecuencias de su desmesura porque se embriaga y enceguece. Describe entonces una elipse de ambición de poder. Y cuando viene a ver es demasiado tarde porque ya todo está perdido y solo le queda el ridículo.

Es un fenómeno demasiado monótono en la historia humana como para no sospechar que es una condición fundamental. Dijo Edgar Morin que la naturaleza humana es un paradigma perdido pero ocasionalmente emergen patologías como esta que nos sugieren recuperar la fe en que sí hay una base que nos humaniza pero también y sobre todo nos deshumaniza, porque quienes padecen este mal se vuelven gente peligrosa como Hugbel, que en una turbulencia dialéctica te puede clavar un micrófono por el cerebro, entre una bacanal y otra.

Termino usando una palabra cara a Tibisay y por tanto a Venezuela: Esta cáfila naufragó en un abismo insondable de modo irreversible por su traición pertinaz e irreversible.

@rhm1947

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