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Las competencias en la reforma curricular de la UCV

Con mayor seriedad el equipo rectoral de la UCV asumió la siempre postergada tarea de ejecutar una reforma curricular de las hasta ahora 68 carreras de pregrados que se imparten en sus aulas, pero la bienvenida iniciativa está inscrita en un concepto y metodología de ejecución que podría desvirtuar su alcance e, incluso, alejarla de la obligación de hallar y proponer soluciones a los problemas del país.

Nada sencillo. La UCV pertenece al inconmensurable grupo de universidades del mundo caracterizadas por la elefantiásica lentitud académica burocrática, propiciada por el uso extremista y desviado del ilustrado e indispensable espacio dialógico de la Libertad de Cátedra, célula primigenia y vital de la autonomía universitaria.

Los 289 artículos y 29 capítulos de los estatutos republicanos de la Universidad Central de Venezuela, creados en 1827 por Simón Bolívar y el doctor José María Vargas, recopilados por el cronista de la UCV Idelfonso Leal, indican que el vigente ideal y bolivariano consiste en “estructurar una universidad para la República, abierta a todas las corrientes de pensamiento, a todos los credos, sin que el color de la piel significara obstáculo para recibir los títulos universitarios”.

Bolívar y Vargas decían: “…estructurar una UCV para la República, abierta a todas las corrientes de pensamiento…”.

La reforma viene empujada por la luz de un nuevo ambiente ucevista, el cual busca reducir la Sombra instaurada por el anterior equipo rectoral dirigido por Cecilia García Arocha, que en vez de fortalecer la academia para mantener y darle mayor autoridad intelectual y reputación a la universidad, tal como lo hicieron rectores como Francisco de Venanzi y Jesús María Bianco; fracasó en su intento de malusar el legado de estos rectores magníficos para promover un Golpe de Estado.

Pues bien, las actuales autoridades rectorales han puesto en marcha la reforma curricular atendiendo a un primer factor que pide a gritos cambios de pensa, cual es la antiquísima data de los desactualizados contenidos dictados por las distintas cátedras. Solo digamos dos: el actual pensum de la Escuela de Psicología es de 1970. El de la Escuela de Comunicación Social es de 1987, cuando aquellas jojotas Redes balbuceaban sus intentos de ser Sociales.

En cada sesión universitaria sobre la reforma curricular surge la polémica sobre cuál filosofía y método pedagógico emplear, casi siempre centrada, entre tantos, en dos: reforma curricular basada en objetivos de comportamiento, instruccionales; o en el desarrollo de competencias.

Los actuales programas de las asignaturas, también denominadas Materias; en otras universidades como la Universidad Bolivariana de Venezuela, Unidades Curriculares, están elaborados para que los estudiantes logren objetivos, descritos mediante verbos que encierran el desarrollo de conductas, acciones.

Las actuales autoridades han inclinado la balanza hacia el modelo de adopción, de enseñanza aprendizaje por competencias, una categoría que no deja de causar confusión conceptual por las babilónicas ideas que suscita tan pronto es discutida y aplicada en el campo educativo.

El autor mexicano requetenombrado en filosofía de la educación, Ángel Díaz Barriga, en su ponencia “Diseño Curricular por competencias. Apertura de temas que significan un regreso a los viejos problemas de la educación”, dice: “Vivimos una euforia de la propuesta de las competencias, una euforia tan grande como la confusión conceptual que existe respecto a las mismas”.

“El primer aspecto que sobresale cuando uno se acerca a la literatura que aborda el tema de las competencias es la confusión. En un primer momento se enfrenta a una babilonia lingüística. Por el término se entienden muchas cosas: ejecuciones, las acciones que un sujeto realiza, el enunciado de evidencias de logro”.

Añade que la clasificación o señalamiento del tipo de competencias lleva a las expresiones más inusitadas que se puedan encontrar. Se habla de competencias personales, de ciudadanía, de comunicación sociales, interpersonales, disciplinarias (matemática, química, histórica), transversales, metodológicas, clave, genéricas, específicas, entre otras.

“Esta diversidad sobre el entendimiento de lo que se puede considerar una competencia contribuye significativamente a la confusión y ofrece poca claridad sobre lo que se pretende lograr en el trabajo escolar. Un docente se enfrenta a la amplia tarea de formar simultáneamente competencias ciudadanas, de comunicación, de relación interpersonal, con algunas disciplinarias”.

Díaz Barriga desvela otra definición que coloca más piedras hacia la definición de competencias. “En esta cuestión también emerge una dificultad para identificar cuál es el origen del término competencia y su uso en educación. No sólo por la primer confusión lexicológica de entenderlo como “competir por algo”, sino por la falta de precisión sobre su surgimiento”.

Y la Enciclopedia Significados apunta que “Las competencias son aquellas habilidades, capacidades y conocimientos que tiene una persona para cumplir eficientemente determinada tarea”.

Es en ese “competir por algo”, y “cumplir eficientemente determinada tarea” donde surge la primera suspicacia entorno a qué se quiere y se busca con el cambio de pensum en la UCV. Los docentes encargados de lograr el cambio de currículo insisten en el desarrollo de habilidades y en la capacidad para adaptarse a los escenarios laborales, de las empresas, una tesis en primera instancia no excluyente, pero de gran peso en la propuesta frente al histórico y no siempre logrado deseo de la UCV de crear pensamiento crítico.

¿Deben o no lo egresados ucevistas estar en capacidad de adaptarse competitivamente a los ambientes laborales de las empresas? Pues claro que sí, pero sin sumisión, con claro perfil crítico investigativo capaz generar innovadoras y productivas fórmulas de potenciar y relacionarse con los medios de producción, siempre con la mirada puesta, como dicen los Estatutos Republicanos, en la República, en Venezuela.

Y aquí entra otra variable causal esgrimida por algunas de las autoridades rectorales promotoras del cambio en los currícula de la UCV: en diferentes semánticas, tonos y voces apuntan y destacan la necesidad de darle ranking, rankear, de acreditar internacionalmente a la universidad.

En el sabelotodo Google tan pronto escribimos la frase Acreditación internacional de universidades, el buscador responde: “…es parte de un proceso integral para mostrar la calidad académica con la que cuenta la Universidad, refrendada en una certificación internacional que representa el proceso de mejora continua”.

La definición es emitida por la Universidad de las Américas, UDLA, una institución privada con sede en Ecuador, acreditada a nivel institucional con la agencia de acreditación regional de Estados Unidos Western Association of Schools and Colleges, Senior College and University Commission (WSCUC).

La UDLA emplea 39 indicadores que desglosan los 4 estándares de acreditación. Dice que “el mayor beneficio de la acreditación con WSCUC para los estudiantes es la garantía de que su formación está respaldada por una institución de estructura sólida. Implica además que los títulos de esta institución cuentan con un valor agregado, un aval de calidad y prestigio internacional que facilita la continuación de estudios en el extranjero”.

La UDLA no es la única. Google muestra infinidad de organismos e instituciones dedicadas a otorgar acreditación internacional a las universidades. Está la Comisión de Educación Superior de los Estados Intermedios, la Comisión del Noroeste, la Comisión de Universidades de la Asociación Sureña de Universidades y Escuelas, todas de EEUU. Está el Consejo de Evaluación y Acreditación Internacional y la Universidad Politécnica de Madrid y pare de contar.
Y es de nuevo aquí, donde florecen “Los senderos que se bifurcan” de un currículo que inclinaría la balanza aún más hacia la adaptación del egresado en un campo laboral externo y que brinda mayor atención a las exigencias e indicadores internacionales que a las nacionales.
Asi las cosas, la acreditación internacional facilitaría el ya sempiterno Robo de cerebros aplicado a los países pobres por las economías industrializadas, hoy más crítico y agudo en Venezuela por causa de la crisis migratoria generada por las medidas ilegales coercitivas.

La reforma orientada a currículos que reducen la formación del pensamiento crítico, integral, postulado por la universidad Humboltiana, para dar mayor ponderación a competencias que inducen a la adaptación y a la atención de las necesidades empresariales con intereses internacionales, podría alimentar una diáspora que reduciría aún más el ya reducido cuerpo dicente de la misma UCV y dejaría todavía más a Venezuela sin los profesionales, caramente formados por el Estado, para hacerle frente a su principal problema: la pobreza.

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