Las indulgencias, de Lutero a Depons | Vladimir Acosta

Bula de indulgencia

El 31 de octubre de 1517, víspera del Día de Todos los Santos, que solía ser una fiesta cristiana de masiva concurrencia de fieles, el monje agustino Martín Lutero, filósofo y respetado profesor de teología de la Universidad de la pequeña ciudad alemana de Wittenberg, capital de Sajonia, fijó en la puerta de la catedral unos pliegos que contenían enumeradas las 95 tesis relativas a la crítica que venía haciendo desde años anteriores a ideas y prácticas centrales de la Iglesia de la que era distinguido miembro. Esas tesis, además de exponer temas claves relativos al dogma cristiano, como que era la fe y no las buenas obras lo que salvaba a los fieles, dedicaban la mayor parte del texto a rechazar con sólidos argumentos las bulas o indulgencias de las que la Iglesia y sus monjes y sacerdotes hacían un uso a todas luces abusivo y condenable.

Esa audaz actitud de Lutero, pronto rechazada por Roma y el papado romano como herética y condenable mientras que en cambio la respaldaba en forma masiva la aplastante mayoría de los católicos alemanes, marcó el comienzo de la Reforma que pronto, en medio de agudas luchas políticas y terribles guerras religiosas, terminaría partiendo en forma definitiva al cristianismo papal o romano entre católicos o papistas y reformados o protestantes. Y es claro que en el origen de esa Reforma el polémico tema de las bulas o indulgencias desempeñó un papel central o al menos indiscutible. (La terminología es confusa porque los papas emiten bulas al tomar decisiones que afectan a la Iglesia, sin que sean indulgencias, pero también se hizo usual llamar bulas a estas.)

La Iglesia había creado oficialmente el purgatorio en el siglo XII. Era realmente una necesidad. Mantener el Otro mundo reducido a cielo para los buenos e infierno para los malos, era demasiado rígido, simplista y hasta injusto. No había término medio. La humanidad es más compleja, los buenos no siempre son tan buenos y los malos, hasta los peores, al fin quieren salvarse. Los buenos hacían buenas obras y los malos esperaban hasta el final para arrepentirse y salvarse del infierno ofreciendo a la Iglesia bienes y dinero. Porque del infierno no había salida. Lasciate ogni speranza voi ch´entrate, vio más tarde Dante grabado en su siniestra puerta. Al crear el purgatorio había esperanza: su fuego quemaba menos, y los papas decidieron que ellos podían sacar de él a los castigados para enviarlos al cielo, siempre que sus familiares pagasen a la Iglesia con bienes o dinero. Y de igual manera, pagando, los vivos podían lograr el perdón de sus pecados antes de cometerlos. Ese fue desde entonces el papel de las indulgencias, cuya diversidad y peso crecieron en los siglos siguientes hasta convertirse en una de las principales fuentes de ingreso de la Iglesia.

A comienzos del siglo XVI se había llegado al tope. Las indulgencias eran un gran negocio, especulativo y corrupto. El dominico Tetzel, al que Lutero criticaba, vendía indulgencias como pan caliente y se decía de él que llevaba una alcancía y al que pagaba le decía que cada vez que una moneda sonaba al caer en ella, un alma salía del purgatorio. Las necesidades monetarias de la corte romana eran enormes no solo por la vida principesca, mundana y derrochadora de papas como Julio II y sobre todo de León X sino porque la construcción que habían emprendido de la nueva basílica vaticana requería cifras inmensas de dinero. Julio II hizo demoler la antigua y venerada basílica vaticana, hermoso templo cargado de historia, para empezar la construcción del nuevo y gigantesco Vaticano, tarea continuada y ampliada por León X, cuya vida mundana era un verdadero escándalo no solo por tratarse de un papa. El papado, corrompido, necesitado de recursos y buscando sacar más y más dinero de los fieles, aprobó entonces una costosa indulgencia especial para ello, para hacer pagar a los fieles la construcción del Vaticano, y otra semejante para hacerles pagar una nueva e hipotética cruzada contra los turcos.

Alemania era uno de los países en que las masificadas indulgencias habían llegado al límite. Las quejas de los alemanes crecían sin hallar respuesta y las 95 tesis de Lutero, pronto reproducidas y leídas también masivamente gracias a la imprenta, se produjeron en el momento justo para alimentar una imparable rebelión contra los abusos del papado y los principios cerrados e inmodificables de la Iglesia. En una de sus tesis, Lutero, que estuvo antes en Roma habiendo regresado escandalizado de ella, aunque todavía respetaba al papa, le preguntaba por qué, si podía sacar las almas del purgatorio, no las sacaba todas de una vez, lo cerraba, y pagaba la construcción del nuevo Vaticano de sus propios recursos.

La Reforma protestante no solo eliminó las indulgencias, sino que eliminó a los papas y simplificó la Iglesia. Pero la Europa católica y papista las conservó y el Concilio de Trento declaró la Contrarreforma, que se aferró a mantener lo más tradicional y a perseguir reformas, reformados y reformistas. Sólo los progresivos cambios políticos y sociales de los siglos siguientes, el XVII y sobre todo el XVIII, en el que cobran peso en países católicos como Francia el pensamiento ilustrado, la tolerancia y la crítica religiosa, logran que el viejo y conflictivo asunto de las indulgencias, que venían ya decayendo, se limitasen al menos a temas no tan polémicos y más tolerables. Pero España, que contaba con la Iglesia católica más tradicional y autoritaria, conservó muchas de ellas y las mantuvo sobre todo en sus colonias americanas, como Venezuela. Y es aquí que entra Depons.

François Depons (Francisco Depons), viajero francés, católico, que vivió en Venezuela entre 1801 y 1804, nos dejó en su libro Viaje a la parte oriental de Tierra Firme en la América meridional una descripción ordenada, minuciosa y completa de lo que era para entonces nuestro país, descripción que, junto con la obra de Humboldt, es fuente esencial para su conocimiento y estudio. De ese extraordinario libro sólo me interesa ahora lo que dice su autor acerca de las sobrevivientes bulas que aun pesaban en la vida cotidiana del país.

Depons analiza en primer término una anacrónica Bula de Santa Cruzada, costoso vestigio medieval que dispensaba a su comprador de todos los delitos cometidos y por cometer. Pero, como era válida solo si su beneficiario luchaba armas en mano contra los infieles, a este le bastaba con pagar un sobreprecio para quedarse tranquilo y feliz en casa gozando de su bula. Otra era la llamada Bula Común de Vivos, válida por diez años, y que también absolvía de todo crimen y dispensaba de sujetarse a cualquier obligación religiosa. Problemática era la Bula de Muertos que, a quien la pagaba le permitía al morir entrar de una vez al cielo sin pasar por el purgatorio. El problema es que era costosa y los pobres no podían pagarla. De modo que al morir uno de ellos, su familia, mendigando dinero, recorría las calles de la ciudad en que vivían y si no lo conseguían, la ciudad debía soportar sus lágrimas y gritos desesperados de dolor y frustración. Había, además, dice Depons, una Bula llamada de Composición, que permitía al injusto poseedor de bienes ajenos mal habidos que la pagaba, quedarse con esos bienes siempre que afirmara que había robado pensando en el beneficio que le daría la bula y que además dijera ignorar quién era el verdadero dueño.

Por suerte, la lucha independentista que empezó poco más tarde, transformó ese atrasado panorama político-religioso de corte colonial. Y la Iglesia católica, que por su estructura y sus fines requiere de bulas e indulgencias, se vio forzada por el nuevo cuadro imperante a que el flujo de estas últimas se redujera y a que sus contenidos se hicieran más sensatos.

 

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