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Libres por dentro

Cada 15 de enero Estados Unidos conmemora el Día de Martin Luther King. Es uno de los doce feriados nacionales. De estos tres son religiosos: Navidad, Viernes Santo y Acción de Gracias, otro es el Año Nuevo. Los restantes son históricos, celebran la Independencia, el fin de la esclavitud, el trabajo, el descubrimiento de América por Colón, el natalicio de Washington su primer presidente; dos honran el heroísmo y servicio militares el Memorial y el de los Veteranos. Y el otro par recuerda a los nativos americanos y a este gran héroe civil cuyo liderazgo se consagró a la lucha pacífica por el encuentro de todos en la vigencia real de los derechos de todos. Para decirlo en sus palabras, hacer efectivo el pagaré que con la Declaración de Independencia y la Constitución, firmaron los padres fundadores.

El año pasado leí King, una vida, impresionante trabajo del minucioso historiador Jonathan Eig, quien ya nos ha contado con lujo al boxeador Muhammad Ali y el pelotero Lou Gehrig.

En el prólogo a su obra, este párrafo suyo explica por sí solo la significación histórica del pastor evangélico sureño: “antes de King, las promesas contenidas en la Declaración de Independencia y en la Constitución de los Estados Unidos habían sido huecas. King y los otros líderes del movimiento por los derechos civiles del siglo veinte, junto a millones de manifestantes ordinarios, exigieron que la nación viviera a la altura de sus ideales establecidos. Pelearon sin armas, sin dinero y sin poder político. Construyeron su revolución sobre el amor cristiano, la no violencia y la fe en la humanidad”.

De todo lo leído sobre el apasionante personaje, ningún libro me ha informado más que éste. King fue un cristiano, no un santo. Un intelectual para quien la cultura y las ideas se agotan en el deleite o la especulación si no alimentan la acción. Un hombre que nacido y formado en medio del racismo cruel, no permitió al resentimiento nublar su perspectiva vital. De allí que su empeño tenaz fuera desterrar el odio de la vida social, exorcizar ese demonio que enferma el alma e impide la convivencia entre iguales en su dignidad.

“La oscuridad no puede expulsar la oscuridad, sólo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar el odio, solo el amor puede hacerlo” dijo King. Recordémoslo al empezar un año importante para los venezolanos, una oportunidad constitucional de reencuentro libre en nuestra conflictiva diversidad que no debemos desaprovechar.

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