Lili Marleen

A la oposición trastornada —¿hay otra?— no le gusta la canción Lili Marleen. Es una lástima porque es en sí misma una bella tonada de amor y porque tiene una implicación aún más hermosa. Ayer la canción cumplió 80 años. Era escuchada con igual fervor por todos los bandos de la Segunda Guerra Mundial, en que el odio se desbordó desde los campos de exterminio hasta Hiroshima y Nagasaki.

En las guerras más feroces hay zonas de distensión en que los bandos interrumpen sus contiendas para que sea humana la humanidad. En la última Guerra de los Balcanes los guerreros se engalanaban en ciertas ocasiones y acudían con sus parejas a un concierto de un pianista de uno de los bandos y durante ese rato era humana la humanidad. El mariscal Sucre brindó al estado mayor enemigo una cena de gala en la víspera de la batalla de Ayacucho.

En la Venezuela de hoy no. La oposición desquiciada —¿hay otra?— ha condenado todos los espacios de armisticio. Su odio no tiene bordes y alcanza a figuras entrañables como quienes obtuvieron metales y diplomas en Tokio. Una porque es negra y de un barrio pobre, otro porque dedicó su medalla a Chávez, el ciclista acróbata porque no dijo que a Maduro hay que picarlo en pedacitos y encima desborda felicidad, pruebas inequívocas de chavismo. Solo se salvó del festival de odio el karateka porque no es negro y por su preferencia opositora.

El conflicto no es simétrico. Se ve cuando muere una personalidad de oposición y otra bolivariana. La oposición celebra la muerte de dirigentes chavistas mientras el chavismo guarda un respetuoso silencio por la de alguien de allá. Igual se ve porque el chavismo celebra todas las preseas sin considerar la preferencia política de quien las gana.

Fue épico que dos atletas olímpicos se prodigaran en la humillada Cota 905, ese barrio al que la dirigencia opositora solo envió forajidos. Pero el acróbata y la garrochista acariciaron el barrio, al pueblo sufrido. “El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”, dice el Che.

El rechazo a Lili Marleen es un peligro porque es síntoma de modales genocidas, quemar gente viva por estas calles, tensar guayas, lanzar “puputovs” y otras hazañas de vocación poética.

 

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