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Lo de arriba y lo de abajo

En su obra Lo de arriba y lo de abajo, Vladimir Acosta nos zambulle, con su acostumbrada erudición y crítica original, en el océano de lo cómico, la risa y sus dimensiones políticas.

La distinción entre lo de arriba y lo de abajo, es cósmica (el cielo y la tierra), es social (los ricos poderosos y los pobres oprimidos) es ontológica (lo espiritual y lo material) y es corporal: “las funciones más directamente asociadas a lo espiritual tienden a estar arriba, en lo alto, mientras que las funciones más directamente asociadas a lo material tienden a hallarse abajo o hacia abajo. Así la cabeza, sede del pensamiento, y el pecho, sede del corazón, asociado al valor, se hallan arriba, cercanos al cielo, en tanto que el vientre, el culo y el sexo, centros de la vida digestiva, excretora, sexual y reproductiva, se hallan abajo, cercanos a la tierra.”

En las sociedades estratificadas, lo cómico grotesco se crea intencionalmente para enfrentar catárticamente al poder, ridiculizándolo al materializarlo. Constituye una aspiración revolucionaria y en ciertos momentos, de fiesta o carnaval, puede llegar a la rebelión. En tal sentido lo cómico grotesco insurge en el orden topográfico rasgando el velo que encubre la materialidad del poder. Un poder al que no le basta la dominación política y el privilegio de la riqueza, sino que además pretende monopolizar lo espiritual, al confinar a los de abajo a la pura materialidad biológica.

La rebelión de los de abajo consiste en crear lo cómico grotesco que recuerde a los de arriba su condición material. Lo cómico grotesco no está en lo natural o material en sí mismo que puede o no ocasionar risa indistintamente a los de arriba y a los de abajo. Lo cómico está en lo realmente ridículo civilizado de los de arriba al pretender alejarse de su materialidad, disimulándola, ocultándola, adornándola, perfumándola, vistiéndola y operándola. Todo ese esfuerzo culturizador de las élites no es ningún misterio para los abajo que le limpian el baño, le tienden la cama, le sirven la comida, le ordenan la cómoda, le planchan los vestidos y hasta las arrugas.

El conocimiento que tienen los de abajo del obscuro encanto de los de arriba, permite ponerlos en evidencia. La máxima carcajada es desacralizar el poder, vaciarlo de su misterio, asumirlo desde abajo, mostrándole, a quienes pretenden no cagar, la inescapable materialidad del ser. Demostrar que sí se puede ¡Uff, cagados de la risa!