Los humanos resisten frente a las grandes de la web

Los propietarios de las grandes corporaciones digitales están convencidos de que si usted busca en la web alguna clínica odontológica para eliminar el dolor de muela que lo mantiene desvelado, pueden frecuentar la pantalla de su PC o celular con anuncios sobre calmantes, cepillos, enjuagues, pastas dentales, para que no los olvide cuando vaya al mercado.

Mejor dicho. Las compañías digitales acumulan nuestro historial de encuentros con la web no solo para facilitar la búsqueda y acomodar los portales según nuestros gustos y necesidades, sino para identificar nuestras conductas e inclinaciones y sobre ellas diseñar programas que reafirmen y provoquen comportamientos a la medida de toda empresa u organismo interesado en que hagamos lo que ellos desean que hagamos.  

Las ventas por paquetes de las conductas de los usuarios se han convertido en un negocio tan lucrativo para las redes sociales,  compañías digitales y de la web, o viceversa, que ahora hay empresas que negocian hasta la información recopilada por las computadoras de autos, cocinas, lavadoras, de manera que todas las tremenduras que diga y haga con sus trapitos en casa y con y dentro de su vehículo quedan registradas en su prontuario digital y pueden ser usadas en su contra.

De esta manera, los gigantes de la tecnología han logrado darle soporte digital a la frase “Conocer para saber, saber para predecir, predecir para tener poder”, del denominado padre de la sociología —o al menos uno de sus genitores—, Auguste Comte, con resultados altamente gratificantes para las agencias de inteligencia, inversionistas de Wall Street y piratas de las redes.

Las corporaciones de redes sociales y portales de búsquedas, siempre tan caritativamente empeñadas en hallarles amigos a todos los necesitados de darse cariñitos montando fotos personales y de los suyos en las redes, han crecido tanto, que incluso ya se abrogan poderes de Estado por encima de los Estados nacionales y aplican censuras a los presidentes de los países que, según ellos, violan la letrica pequeña del código de ética escrito con algoritmos en los manuales de estilo redactados según principios deontológicos confeccionados por ellos mismos.

Pero la positivista y pavloviana estrategia de recopilar, manipular y vender conductas encuentra tropiezos en la siempre terca y rica realidad. Algunos obstáculos son la progresiva lectura crítica y ética de las redes por parte de muchos usuarios que, de paso, son dignos amantes de sus espacios de intimidad y privacidad; otras trabas son tan inhumanas como inherentes a la desigualdad política, social, cultural y económica de toda sociedad capitalista.

Sobre el aprendizaje crítico y ético, ahora hay más usuarios que verifican y contrastan la información. Conocer el contexto para interpretar el mensaje se ha vuelto indispensable. Existe mayor noción y respeto del peso opinático de los mensajes, y con ello crece la tolerancia en los diálogos.  Se aprecia mejor lectura y comprensión de cuándo y cuánto hablar. Más gente inventa y usa diversas formas expresivas y multimediàticas. Hay más noción de que las audiencias vastas y diversas dificultan el desarrollo de la discusión dialéctica y enriquecedora. Total, cada vez hay menos presas fáciles de las manipulaciones de conductas.

Sobre la humana intimidad, no todo internauta se deja seducir por la idea de elevar su autoestima tomándose selfis y montando datos y relatos personales en las redes sociales, menos aun con fotos y videos que muestran escenas de sus privativas y exclusivas incumbencias; incluso los hay refractarios a “retratarse en familia” por cualquier cámara, así sea la del pasillo o estacionamiento de su residencia, la misma vista en pantalla “únicamente” por la siempre neutral y discreta conserje.

Otra traba, cruda, socioeconómica, es que el capitalismo se ha encargado de que no todos en este planeta dispongan de teléfonos celulares dotados de la multitud de aplicaciones digitales y dispositivos tecnológicos que abundan en la web; cuanto mucho los pobres de mi tierra apenas tienen analógicos útiles para hacer llamadas y enviar SMS, si y solo si sus irregulares ingresos monetarios le permiten cancelar las prepagadas tarifas. Añádase que hay 2.400 millones de personas que no tienen teléfonos móviles de ningún tipo, mientras las grandes telefónicas exhiben con jactancia que en el mundo hay más celulares que habitantes.

“Es hora de conocer y comparar la relevancia de la cantidad de usuarios móviles y personas conectadas. Actualmente hay 5.190 millones de usuarios únicos en dispositivos móviles, esto cubre el 67% de la población, señala el informe Situación Global Mobile 2020.

Ni hablar de los más de mil millones de personas, 13 por ciento de la población mundial, que carecen del servicio eléctrico, según data del estudio elaborado por la Agencia Internacional de la Energía (AIE), la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), la División de Estadística de las Naciones Unidas (UNSD), el Banco Mundial y la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Esto a escala global. En América Latina el grado de conectividad evidencia la cruda desigualdad que campea en la región. Como muestra el último Latin American Economic Outlook, tres de cada 10 personas no tiene acceso a internet. Mientras que el 81% de los hogares más ricos está conectado, solo el 38% de aquellos más pobres tiene conectividad.

“En zonas urbanas un 67% de los hogares tiene conexión, pero en las rurales este número cae al 23%. Una de cada cuatro escuelas de la región carece de acceso a la red y aquellos estudiantes de hogares más pobres tienen seis veces menos probabilidades de tener internet en casa”.

Otra gran dificultad para las poderosas empresas es la resistencia de los humanos a ser programados como robots. Les estorba que, si bien éstos están diseñados para desplegar determinadas conductas frente a eventuales sucesos, no necesariamente los humanos actúan de igual manera ante las realidades preconstruidas y edificadas con algoritmos.

Un buen ejemplo de la siempre rica e insospechada realidad es la inesperada coleada que se echó el Dr. Zachary Smith en la nave espacial Júpiter 2 de Perdidos en el Espacio, más cuando recordamos que el “Montón de hojalatas” del robot B9 frustraba con su fría lógica las estratagemas urdidas por el Doctor para arruinar la búsqueda de otro planeta sustituto de la Tierra.

Pero basta con citar el artículo de Adrián Paenza, escrito para Página 12, con el título Apuntes de una charla (de Adam Kucharski), en el cual señala: “Cuando uno tiene que tomar una decisión, en una negociación, en una subasta, en discusiones que involucran elegir qué conviene ofrecer o qué no, todas estas situaciones tienen información oculta. En algún sentido, si las computadoras intentaran replicar lo que sucede con un humano o con los humanos, con lo que llamamos ‘inteligencia humana’, tendrán que enfrentarse con este tipo de situaciones en forma mucho más frecuente”.

En síntesis, por muchos algoritmos que construyan las grandes tecnológicas para programar y vender información personal a las corporaciones y agencias de inteligencia, siempre habrá humanos dignos que mostrarán resistencia a la invasión de su intimidad, que sin querer actuarán aliados a los descamisados eléctricos y digitales en la tarea de aburrirles el intento.

 

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