Los nadie

Aún son nadie y los serán por mucho tiempo. Así lo estableció la oligarquía colombiana, desde que un traidor llamado Francisco de Paula Santander decidió que Bolívar era un enemigo que debía morir y un país llamado Gran Colombia, integrado por Venezuela, Colombia y Ecuador, no debía existir. Aquel sueño libertario de 2,5 millones de kilómetros cuadrados debía morir, por lo que apenas duró 12 años.

De esa Colombia, ya dividida en segmentos de clase, conservadora, de derechas, racista, colonialista, surgieron “los nadie”, entonces esclavos y aborígenes, que en su rebeldía formaron los cumbes, los palenques colombianos, en donde todo perseguido por la ignominia, se podía refugiar y encontrar la solidaridad. Allí llegaron no solo los negros, también los aborígenes, los mestizos y hasta los blancos pobres. Era los pentabuelos de Francia y su comunidad, la nueva y primera vicepresidenta mujer de los neogranadinos, descendiente de esclavos, inteligente, formada, batalladora, que a pura voluntad se ha ganado el lugar en donde está. No alberga odio, llama a la paz a pesar de las amenazas de muerte.

Los nadie de Colombia hablaron. Entendieron que la dupla Petro-Márquez era la oportunidad que por 200 años habían estado esperando. Por eso fueron en masa, por millones, oleadas que marchaban, cabalgaban, caminaban, navegaban. De los sitios más recónditos de la Colombia marginada, millones acudieron al llamado de encontrar una oportunidad para reencontrar el rumbo y buscar un camino de justicia en donde todos sean incluidos. Todos respondieron al llamado de Francia, la abogada que prefiere regresar a su comunidad a sembrar la tierra, o a las minas, en donde trabajó desde niña.
Es la otra Colombia, la que nunca existió pero que tiene a sus líderes en el poder, que ahora librará la más dura de las batallas en contra de la arremetida que viene y que seguramente ya el enemigo debe estar organizando.

No es un juego tener a la burguesía en contra, al Parlamento, a los medios de comunicación, a las redes sociales, a los militares, a la policía y a la burocracia del Estado. No es un juego enfrentar a todos para tratar de poner un plato de comida en la mesa de todos los colombianos. Será una de las más duras batallas que jamás se dé. Pero como dijera el Gabo: “un hombre solo tiene derecho de mirar a otro hacia abajo cuando tiene que ayudarlo a levantarse”.

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