Mal de muchos

Sea de izquierda o de derecha, el populismo es corrosivo de la institucionalidad democrática indispensable para vivir y progresar en paz y libertad. Peor si es el vehículo para imponer disfrazados, modelos fracasados que por hegemónicos, concentradores del poder, alérgicos al pluralismo, son antidemocráticos aunque simulen lo contrario.

Desde finales de los noventa, la mala hierba ha enmontado la huerta democrática latinoamericana que tanto nos ha costado sembrar y cultivar. Pero el fenómeno no nos es exclusivo.

“Mal de muchos, consuelo de tontos”, dice el viejo refrán, así que no busco consolarnos. Al contrario, miro hacia una tendencia muy amenazante que se esparce. Anne Applebaum acaba de resumir la cuestión para The Atlantic. El siglo XX fue “la historia del lento, disparejo progreso hacia la victoria de la democracia liberal sobre otras ideologías: comunismo, fascismo, nacionalismo virulento”, mientras el XXI es, “hasta ahora, la historia inversa”. ¿Muestras? Venezuela, Bielorrusia, Rusia, China y Turquía.

Suyo también es un sugestivo libro acerca del “señuelo seductor del autoritarismo”, contrabando que acelera “el crepúsculo de la democracia”. Para ella “a diferencia del marxismo, el iliberal Estado de partido único no es una filosofía. Es un mecanismo para mantener el poder y funciona felizmente junto a muchas ideologías”.

En muchas democracias avanzadas ya no hay un debate común y mucho menos una narrativa común. La gente, afirma la estudiosa norteamericana de las sociedades bajo el comunismo, “siempre ha tenido diferentes opiniones, ahora tiene hechos diferentes”.

Desconfianza ante instituciones, líderes, expertos o la política “normal”. La neutralidad no es creíble en ese clima donde el enfado es hábito y lo divisivo, normal. En su diversidad, el debate democrático puede ser ruidoso y sin embargo, siguiendo sus reglas, producir consensos. La crispada controversia en nuestro tiempo. “En cambio, inspira en algunas personas el deseo de silenciar a la fuerza a los demás”. Así se legitima un nihilismo, aún en sociedades industriales y postindustriales, con cultura civil arraigada y sofisticación en amplios sectores.

La democracia no es una mera mecánica para escoger mandatarios, es un modo de vida libre con poder distribuido que apunta hacia una finalidad, el bien común y como tal, requiere de instituciones que la organicen y además de posibilitarla, la promuevan. Y antes, por delante, de valores que la guíen.

 

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