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Mario Sanoja

Siempre serás, como fuiste, un hermano afectuoso, integro, ductor de palabra apacible y gesto amable donde solo habitaba la bondad.

En nuestras cotidianas cotorras siempre dejabas una frase, una idea, para, seguir elaborando nuevos modos de entender los asuntos. Cauces, para renovar maneras de pensar sobre el país donde habitamos, y tanto amamos, por el montón de vivencias que de él heredamos.

La última reunión que hicimos en nuestra casa, por la energía de los afectos, nos topamos, Cecilia, Chuchito, y él revivió, no por azar, la música, a impulso de los afectos por otro ser de excepción, el músico y compositor Otilio Galindez. Nada es casual, pues el tema fue su melodía “Caramba”, coincidimos en los valores poéticos que la letra contiene.

Nada de que extrañarnos, qué, un ser de la profundidad intelectual, y, tenido junto con su pareja Iraida Vargas como propulsores de tesis sobre la antropología social de Venezuela, tuviera la sensibilidad para comentar sobre aspectos simples de la vida cuyo mensaje, poético y social estuviese envuelto en música. Es que Mario siempre estuvo conectado, desde La Pastora, con la música. Además de cantar ejecutaba y enseñaba.

Se distinguió por poseer una gentileza y una bonhomía y un trato propio de gentes amables. A lo criollo. Donde la sensibilidad y la profundidad intelectual de sus sesenta y tanto libros publicados, en vez de ajenarlo, lo que hacia, era elevar sus dones de buen contertulio. Cuyo modos y personalidad será desde hoy en adelante, para quienes tuvimos la suerte de conocerlo, y rememorarlo, como paradigma.

Es uno de los seres que en vida tuvo a flor de piel un catálogo de bondades y ejemplos para formar, con provervial tino, tanto a sus hijos, como alumnos, que ayudó para que tuvieran un selectivo y firme criterio sobre las rutas intelectuales, que sus lecturas le indicaran.

Nunca impuso, estos rumbos. No era su papel. Solo trazaba la amplitud y la variedad de teorías y tesis que el conocimiento asegura a cada uno para que construyera sus rieles y caminos.

Escuchaba de él, y de Iraida, sus sencillas pero ingeniosas ideas, sobre lo que descubrían cuando hacían arqueología. E iban topando a cada metro de excavación objetos que cuentan, quienes, y cómo, vivieron nuestros ancestros. Bueno, Mario donde estés, disfruta “la lumbre de fiel claridad”. Lo mereces. A Iraida, nuestros sinceros y viejos afectos que seguirán vigentes.

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo, no sé!

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