Miedo

Odio y miedo, íntimamente asociados en la sicología, han sido por lo mismo manipulados en la historia universal al servicio del poder inescrupuloso que ha aspirado, en distintos tiempos y países, al control total de la sociedad.

La semana pasada comenté algunas lecturas sobre el odio, ingrediente venenoso para la convivencia. Hoy lo haré con motivo del miedo, a partir del libro del filósofo español José Antonio Marina Anatomía del miedo (Anagrama. Barcelona, 2006). De él, he leído otros trabajos utilísimos pero que no vienen al caso, al menos directamente, como su anterior La inteligencia fracasada que subtitula “teoría y práctica de la estupidez” y La pasión del poder, su más reciente “teoría y práctica de la dominación”. Podría caer en la tentación de repetir el cliché de “Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia” pero no tengo intención provocadora, salvo del pensamiento, del juicio crítico, nunca del odio y el miedo contra los cuales, precisamente, se rebelan estas advertencias.

La Anatomía del miedo de Marina se completa con su definición como “tratado sobre la valentía”. No se trata de un estudio sobre la derrota implícita en la cobardía, sino la victoria sobre nuestros miedos pues “si la dignidad implica rechazar la tiranía, no podemos claudicar ante nuestros tiranos interiores”. Es claro que “la obligación de comportarnos justa, respetuosa, valientemente con los demás, no afecta sólo a nuestro trato con los demás, sino también al trato con nosotros mismos”.

¿Dónde se encuentran odio y miedo? Hay terrores espontáneos y otros provocados estratégicamente por el deseo de intimidar, pues como el miedo impulsa a obrar para librarse de la amenaza, “quien puede suscitar miedo se apropia hasta cierto punto de la voluntad de la víctima”. Eso ha sido muy estudiado por quienes han dedicado años de esfuerzo riguroso, científico, a comprender tanto al socialismo real como a los fascismos.

La víctima indefensa, si los dispositivos protectores están corrompidos o si se siente atrapada en un conflicto sin salida, sólo puede refugiarse en un odio ciego y su deseo reprimido de venganza. Esta alimentará el miedo de los otros y su odio inverso.

¿Y la valentía? Más que temeridad, es virtud creadora. No pertenece al que huye del mal sino, con Santo Tomás, al que no se deja arrastrar por éste a “un desordenado estado de tristeza” que lo quebranta al punto de perder su dignidad.

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