Ministros de la inocencia pura

Para ser ministro se exige al sospechoso algunos atributos y condiciones: formación académica, conocimiento en la materia, obras, experiencia, reconocimientos. Si no los reúne, tampoco es para atormentarse, pues suele darse el caso en que esos atributos más bien lo alejan del anhelado cargo, llamado por los políticos cursis “ese oscuro objeto del deseo” (ay, Buñuel).

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Solo hay algo que no le está permitido al estresado aspirante: la inocencia. En la burocracia y la política la candidez es letal. La advertencia es pertinente por la cantidad de ex ministros que se desviven en el patético esfuerzo de demostrar su inocencia en el cargo que ejercieron. Algunos lo hacen con tal elocuencia y vehemencia que casi convencen al auditorio de no haber hecho nada en su ejercicio y, por lo tanto, ser inocentes de su propia gestión.

De allí pasan a algo más sorprendente: arremeter contra las consecuencias y efectos de su desempeño. De allá viene el colapso eléctrico, pero el inocente funcionario puede demostrar que todo empezó justo el día que lo sacaron del cargo. Aquel desguaza la política educativa, frente a la cual pasó una década como ministro o director. El responsable de la debacle de la producción petrolera la atribuye a su destitución, un error estratégico mayor que el de Napoleón en Waterloo.

Cada vez que a uno de estos ex ministros los entrevistan, ordenan a sus cagatintas –que les sobran- traer la ponchera de Pilatos para lavarse las manos. Aquel arremete sabihondo contra la inflación, cuando la enfrentó dibujándole ceritos al bolívar en sus batallas contra el queso paisa. El otro le subía o bajaba la hora al reloj cada inicio del año escolar. Uno enfrentó el déficit habitacional comprando viviendas en el mercado secundario y provocando una burbuja en el sector que terminó por estallar y enloquecer los precios.

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Se podría seguir sumando cuentas a este interminable rosario de inocencias ministeriales y castidad ejecutiva. Los que las pregonan como una letanía de viernes santo no se dirigen a la revolución, sino a los enemigos de esta. Creen que los Herodes de la derecha los perdonarán cuando decidan emular a su antecesor bíblico y ejecutar la matanza de los inocentes. Será la última candidez de los ex ministros, sin cesta de Moisés sobre la aguas.

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