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Monseñor Aldo

Guardaré un recuerdo especial para monseñor Aldo Giordano quien fuera el enviado del papa Francisco en Caracas desde 2014 hasta 2021.

Hombre de gran cultura y fino tacto diplomático este piamontés, le tocó cumplir su misión en nuestro país durante un período inusualmente largo y particularmente complejo, en una sociedad polarizada y frecuentemente crispada por la mutua intolerancia, terreno minado de desconfianzas donde lo más difícil es abogar por el diálogo indispensable para la convivencia humana, sobre todo cuando existen diferencias tan marcadas y a menudo inflamadas o inflamables. Pero su talante era naturalmente dialogante, así que la tenacidad en buscarlo se le daba sin esfuerzo.

Con él establecí una buena relación personal, facilitada por la vecindad y las afinidades con quien fuera profesor de filosofía y de ética. A eso ayudó seguramente que al nomás llegar se comunicó conmigo, según me dijo por recomendación de su antecesor, el cardenal y hoy secretario de Estado Pietro Parolín, un talento superior a quien admiro. En la crisis de 2014, tan exigente para mí personalmente y que tantas complicaciones causó a la siempre accidentada ruta venezolana hacia la normalidad democrática, fue un consejero sereno y cercano y un factor siempre dispuesto a ayudar, incluso cuando le pedí que junto a los cancilleres de Colombia, Brasil y Ecuador, fuera testigo de buena fe del diálogo que iniciábamos en medio de mucha incomprensión y con actores necesarios que sin embargo no llegaban a calibrar su verdadero y profundo sentido. Los tropiezos y frustraciones de sucesivos intentos negociadores tienen mucho que ver con que ese cuello de botella nunca se ha superado suficientemente.

Supe de la calidez humana del nuncio Giordano, de su fe profunda y del afecto que hacia Venezuela crecía en su corazón mientras más nos conocía y nos comprendía. Viajó por nuestra geografía intensamente, estuvo en contacto con gentes diversas y parajes muy distintos de nuestro ancho mapa. Cercano siempre, a todos escuchaba, para todos tenía una palabra de solidaridad, un gesto afectuoso. Asumía con hondura la dimensión social del humanismo cristiano. Hablamos largo y tendido de la idea de la buena política en Fratelli Tutti y del ecologismo integral y humanista de Laudato Sí. Con él compartí con mi familia e incluso con familiares suyos que por Navidad vinieron a visitarlo.

Descanse en paz monseñor Aldo, querido vecino, noble amigo del pueblo venezolano.

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