Niñas y niños en Nochebuena

Nochebuena: celebramos que el Niño Jesús nace en un humilde pesebre, desde donde irradia su mensaje de esperanza, amor y paz. Es un mensaje universal, para cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes. Y nos incita hoy a pensar en los demás niños y niñas del mundo, merecedores de afecto y protección, merecedores de condiciones para desarrollar todas las promesas que su vida nueva encierra. En particular, consideramos a las pequeñas y los pequeños de nuestro país, envueltos en los destructores torbellinos de la actual crisis política, económica, social y moral. Casi ninguno, por no decir ninguno, puede salir indemne de ella. Por eso hace falta ir abriendo con presteza y buena voluntad las vías para resolverla.

Sabemos por los informes de organismos internacionales que la alimentación de un porcentaje importante de nuestra infancia se ha visto afectada, hasta gravemente afectada, con todas las consecuencias que ello tiene para su existencia presente y futura.

Sabemos que hay niñas y niños enfermos que no han podido recibir el tratamiento que necesitan para recuperar la salud o incluso para salvar su vida. Y no ignoramos que el obligado cierre de escuelas debido a la pandemia ha afectado la debida educación de muchas y muchos, que no disponen de los equipos o servicios necesarios para una formación a distancia.

También, de acuerdo con estudios de instituciones dedicadas a la infancia, hay más de 800.000 pequeñas y pequeños que la crisis ha separado de sus padres, dado que éstos han debido salir de Venezuela buscando oportunidades de mejora, dejándolos al cuidado de otras personas. Esta disgregación familiar pesa sobre menores y adultos. Por otra parte, hay niñas y niños que han acompañado a sus padres en la emigración, y entonces comparten con ellos las durezas de sobrevivir como recién llegados en tierra ajena.

Los números nos hablan de cientos de miles, de millones de niñas y niños. Pero detrás de estas cifras hay caras, hay nombres, hay sueños: hay vidas, únicas e irrepetibles, que no se deben malograr. No pueden verse como “daños colaterales” de un forcejeo de élites, que con frialdad buscan el poder total. Ya está claro que la salida es el diálogo: hay que llegar a acuerdos de convivencia razonables para todos, en el marco de la democracia.

@AuroraLacueva

 

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