Nos quieren reconstruir

No sé si la misteriosa oficina para la transición que montó EEUU en Caracas después de la Carmonada sigue abierta. Quizás quebró. Por allí desfilaba toda la Coordinadora Democrática y después, la Mesa de la Unidad (MUD). También la frecuentaban las fértiles Ong que parían otras Ong que a la vez, etc. En Venezuela, estas organizaciones precedieron al coronavirus en esa velocidad para multiplicarse. Tanto, que terminaron por devorar a la misma oficina gringa para la transición.

Más pragmático que sus retoños, el Reino Unido hizo el vuelo injerencista sin escala y montó de una vez, en este 2020, una “Oficina para Reconstrucción de Venezuela”. No hay eufemismo. Si algo se va a reconstruir  es porque primero fue destruido. Es una cara de  la privatización de la guerra. Provoca entre las potencias una fiebre mil veces más intensa que la del oro en el siglo XIX o el hallazgo de pozos petroleros en el XX. Nada hay más lucrativo que reconstruir un país del tercer mundo. Pero antes, obvio, hay que destruirlo. Ya lo dijo el viejo Bush en la primera invasión de Irak: “lo devolveremos a la edad de piedra”.   

EEUU creó las reglas del negocio. Convoca una coalición para invadir y advierte: “quien no participe en la guerra, no tendrá parte en la reconstrucción”. Esta “norma” arrasa los pruritos pacifistas de algunos países europeos. En nombre de la “democracia” y la “libertad”, todos se alistan contra Irak, Afganistán, Libia, Siria. Después, sobre millones de cadáveres, se reúnen los “hombres de negocio” de la reconstrucción: a este le tocan los hospitales, a ti diez autopistas, a la culta Francia las bibliotecas, museos y universidades; a Roma –faltaba más- los acueductos  y las cloacas,  todo envuelto en el celofán-ONU de “ayuda humanitaria”. 

Ya Inglaterra se adelantó a los demás zamuros globales y montó su “Unidad para la Reconstrucción de Venezuela”. El requisito previo es  la creación de un gobierno paralelo autoproclamado. Ya lo tienen, servido  por una oposición que ignora que también será reconstruida (para eso es el “fuego amigo”). Las contratistas  están impacientes. Saben que hay países que se niegan a ser reconstruidos porque, con sus propias vidas, impiden el primer paso: su destrucción. Entre estos, Venezuela está en primera fila. Pregúntenle a España.

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