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¿Noticia vieja?

El Tibú queda en el departamento del Norte de Santander en Colombia, en la región del Catatumbo, a escasos kilómetros de Casigua El Cubo, capital del municipio Jesús María Semprún del Estado Zulia. El límite entre Colombia y Venezuela allí es una línea imaginaria, sin obstáculos geográficos. De Casigua hasta El Tibú se llega por el río. Creo que ya todas y todos debemos conocer la noticia: Dos muchachos, aparentemente de 18 y 12 años, son acusados de haber hurtado o intentado hurtar algo en una tienda (y no puedo dejar de recordar que hace unos días estaba viendo con mis hijos de 12 y 20 años una serie animada en que todo comienza cuando unas adolescentes sustraen una caja mágica de una tienda). Los dependientes no los dejan salir y “llaman a la policía”. La policía no aparece sino “unos sujetos armados” que detienen a los chamos y les amarran las muñecas con teipe, como puede verse en un video. Se los llevan, torturan y asesinan. Los cadáveres aparecen tirados en un camino y uno de ellos tiene encima un letrero como de cartón: “ladrones”.

Los muchachos eran venezolanos, según informaciones de Casigua. No dejo de sentir la indignación. Recuerdo todo lo horrendo que puede llegar a ser la xenofobia en la que parecen ampararse los asesinos, nuestra vicepresidenta denunciaba que se han reportado oficialmente 2061 asesinatos de venezolanas y venezolanos en Colombia desde 2017.

No puedo dejar de pensar en la impunidad que reina en un Estado criminal que entrega partes de su territorio a otros asesinos. En la región están asentados el terror y el silencio. La profesora Ingrid me cuenta que se vino de allá cuando no pudo más, al saber de una madre a la que le tocaron la puerta para entregarle una bolsa de basura donde iba en pedazos el cadáver de su hijo adolescente. Nadie quiere ver, nadie quiere hablar.

No puedo dejar de pensar en agentes de un gobierno que se pasea por el mundo sólo para denostar de Venezuela y que no ha cesado de apoyar conspiraciones. No puedo dejar de pensar en aquellos que les gusta gritar que a los ladrones hay que matarlos.
Los detalles no deberían perderse en la memoria. Esa misma que se confunde ante el maremágnum de noticias fragmentarias muchas veces plagadas de mentiras, una especie de huracán fabricado para la confusión y el olvido.