Odio

Desde hace años se ha acentuado mi interés en intentar comprender mejor ciertos aspectos de la conducta humana en sociedad. Este creciente afán nace en mi convicción de que sólo en las libertades y derechos en democracia, pueden las personas desarrollarse con dignidad a plenitud. También al constatar los obstáculos que los mismos seres humanos ponemos en este proceso, así como la contaminación del clima nacional que aumenta exponencialmente y así nos aleja de la posibilidad de vivir y progresar en paz y hace más y más complicada la convivencia.

Pongo la lupa en el odio y el miedo, factores íntimamente asociados. Por algo han sido utilizados con maligna destreza por los totalitarismos, aquellos que por definición impugnan los supuestos de la democracia y la descalifican como “formal”, “burguesa”, “falsa”. Hablo del comunismo y de la pareja nacional socialismo-fascismo. Ninguna dictadura y mire que hay modelos detestables, ha desarrollado tanto las estrategias de miedo y de odio como ellos.

En 2002, leí el libro Por qué odiamos de Rush Dozier Jr, autor de temas científicos. La primera frase de su primer capítulo es “El odio es el arma nuclear de la mente”. El odio es irracional, aunque haya razones para el desagrado original que hechos, actitudes o personas nos provoquen. El odio es el desarrollo ajeno a la racionalidad de fobias y prejuicios. Xenofobia, sexismo, racismo, clasismo son casos de prejuicios en los cuales miedo y odio se retroalimentan. Y en el mundo moderno, estos instintos primitivos encuentran medios de difusión en internet, el cual “refleja el espíritu humano en sus fortalezas y sus defectos, incluso el odio”, anotaba entonces este experto. ¿Qué diría ahora?

A veces no somos tan libres como creemos. Los “ciclos de venganza” se cultivan por generaciones de hostilidad y vistos de fuera nos parecen incomprensibles. “Si usted habla con los extremistas de cualquier lado en conflictos nutridos por el odio –dice-, le dirán con perfecta sinceridad cuán abominables sus oponentes son.” Odio y venganza son obsesiones. Quien odia se cree en su derecho e incluso su deber de vengarse. Cree que se justifica. Al final, está atado a fuerzas irracionales, esas contra las cuales la humanidad ha luchado.

La justicia y el imperio de la ley protegen del riesgo de la venganza, sólo si funcionan efectivamente.

La semana que viene hablaremos del miedo.

Enlaces patrocinados