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Política (II)

La semana pasada comenzamos a “conversar” acerca de la política desde una perspectiva cristiana.

Nadie puede ser cristiano solo para su provecho personal. “Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para esconderla dentro de un tiesto, sino que se le pone sobre un candelero para que ilumine a todos los que están en la casa” (Mt 5,14-15).

Todos estamos llamados a ser testigos del Evangelio. “Vayan por el mundo, y anuncien la buena noticia a toda la creación” (Mc 16,15), y “…hagan que todos los pueblos sean mis discípulos…” (Mt 28,19).

Por su parte el Papa Francisco nos dice: “las revoluciones de la historia han cambiado los sistemas políticos, económicos, pero ninguna de ellas ha modificado verdaderamente el corazón del hombre. La verdadera revolución, la que transforma radicalmente la vida es la revolución inspirada en los valores del cristianismo”.,

En este momento, en Venezuela y en muchos otros países del mundo, la política vive una hora de gran desprestigio. Eso ocurre cuando “el poder”, por el poder mismo, cuando lo que pudiéramos llamar la concupiscencia del poder ocupa el centro de la preocupación de la política y de los políticos. Cuando el interés partidista prevalece por encima del interés nacional y del Bien Común. Cuando “el carrerismo”, es decir las aspiraciones personales de los llamados dirigentes o líderes políticos, se coloca en el centro del trabajo político.

Cuando se abandonan los principios de la solidaridad, de la fraternidad, del amor, de la búsqueda del Bien Común, de la Justicia y lo único que interesa es cómo queda mi partido y, peor todavía, como quedo yo. En ese momento, una misteriosa intuición popular conduce a la convicción de que ni la política, ni los políticos son dignos de respeto.

Hay quienes se acercan a la política buscando poder, o buscando figuración, o buscando riquezas. Esos son tres objetivos fatuos, intrascendentes, incapaces de alentar una política noble, grande y generosa.

El “poder” tiene que verse como un instrumento para servir al Bien Común, a la Justicia, al bienestar de los seres humanos. Solo desde esa perspectiva tiene sentido buscar el poder.

Cuando el “poder” ocupa el centro de las sociedades, estas se estructuran según el derecho del más fuerte. Esto no es cristiano. En ese escenario, la convivencia se convierte en una lucha por la supervivencia y no en una búsqueda de amor, de solidaridad y de fraternidad.
Seguiremos conversando.

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