Preguntas sin respuesta (I) | Vladimir Acosta

El presidente de México, Manuel Antonio López Obrador, conmemora el 238 aniversario del natalicio de Simón Bolívar, el 24 de julio de 2021

Estamos hoy ante un camino que antes se exploró con relativo éxito pero que nosotros, latinoamericanos, lo abandonamos desde hace tiempo; camino que ahora deberíamos recorrer de nuevo buscando también de nuevo el ansiado destino que nos lleve a liberar a esta América Nuestra, a nuestros países, de un viejo dominio colonial e imperial que nos oprime, que hemos terminado aceptando en forma pasiva, y del que tenemos al fin que salir para ser otra vez libres y soberanos. En ese camino suele haber obstáculos, por lo general bastante grandes. Descubrirlos o hallarlos para poder pasar, apartando de entrada los menores y consiguiendo apoyo masivo y solidario para apartar entre todos los más grandes y continuar juntos la marcha, que tiene que ser masiva y dispuesta a la lucha, no puede ser calificado de pesimismo ni de ganas de complicar las cosas. Y menos aún por quienes, ya resignados, no solo no ven esos obstáculos, sino que tampoco ven ningún camino. No importa. Hay que convencerlos y ganarlos porque todos somos necesarios. Pero es que hay también tantas dudas, tantos problemas, y tantas preguntas sin respuesta, que al parecer nadie, o apenas unos pocos, se atreven con temor a formularlas.

¿Qué nos pasa a los latinoamericanos? ¿Por qué nos cuesta tanto unirnos y hasta comunicarnos? ¿Por qué rechazamos toda forma de unidad y preferimos actuar solos y hundirnos solos cuando juntos podríamos evitar el hundimiento y prosperar? ¿Qué ha pasado con la lengua común que hablábamos, el español, con nuestras instituciones políticas y administrativas, todas del mismo origen, con la cultura que compartíamos, y con los aportes indígenas, africanos y otros, que la enriquecieron? ¿Es que se los llevaron todos, ensartados en sus astas, la falsa modernidad que nos consume y el servilismo neoliberal que nos domina? En fin, ¿qué ha pasado con nuestros viejos lazos históricos y culturales, con todo eso que nos hacía sentirnos latinoamericanos y vernos unos a otros como hermanos, como integrantes de una gran comunidad, de una Gran Patria, la que liberamos juntos en Ayacucho, la Patria que forjó Bolívar, la que solo unida y hermanada podía sobrevivir?

¿Qué pasó? Pues que la disolvimos en pequeñas patrias rivales que se enfrascaron en mezquinas guerras, facilitando que cayéramos bajo el dominio económico del imperio británico y luego bajo el poder pleno del ascendente imperio estadounidense, que todavía hoy, ahora en su descenso, nos tiene en su puño y nos trata como esclavos.

Pero es que hay más, porque en realidad no estamos desunidos. Porque lo peor de todo es que desde hace ya más de un siglo Estados unidos nos unió, reuniéndonos a todos bajo su mando para tenernos sometidos y explotarnos a voluntad. Falsificando la idea bolivariana de Patria grande, que lo excluía, empezó creando el Panamericanismo, y en su Unión Panamericana entramos todos como dóciles borregos. Un Panamericanismo falso que reunía como integrantes de igual peso a un enorme, rico y poderoso país industrial anglosajón con una larga lista de países latinos, atrasados, pobres y débiles, dispuestos a obedecer la voz del amo. Se nos impuso el 14 de abril como Día Panamericano, se nos hizo cantar en las escuelas el himno de esa falsa unidad. Y con las Conferencias panamericanas se nos fue recolonizando. En 1945 se nos llevó bozaleados a la creación de la ONU a votar por Estados Unidos; en 1947, con el TIAR, se nos ató a la Guerra fría haciéndonos enemigos de la Rusia socialista con el cuento de que esta y no Estados Unidos nos amenazaba; se nos impusieron dictaduras y gobiernos vendidos; en los 80 se nos impuso la DEA y en los 90 se nos arrastró a integrarnos en la ALCA. Y, por supuesto, mucho antes, ya en 1948, Estados Unidos había creado la OEA, la infame Organización de Estados Americanos, su Ministerio de colonias, y todos juntos entramos sin chistar. Y hoy, salvo Cuba y Venezuela, todos nuestros países siguen en ella, esperando, los más indignos, para obedecer la voz del amo o la del servil cipayo latinoamericano que la presida. O, para proponer, los que aún tienen dignidad, alguna medida decente que no prospera porque no logra nunca mayoría. Llevamos más de dos siglos sometidos a ese imperio yankee ahora decadente. ¿No ha sido acaso tiempo suficiente? ¿Es que no estamos hartos ya de esta pesada inercia y de este pasivo sometimiento a ese poder que nos arruina?

En la primera década de este siglo vivimos una esperanza. Con el sueño de Bolívar como guía, Chávez, al frente de Venezuela, mediante logros concretos y colectivos (Telesur, Petrocaribe, Alba, Unasur y sobre todo la CELAC) consiguió lo que no se había intentado ni podido conseguir en más de un siglo: hacer avanzar la construcción de la Patria grande latinoamericana, la unión fraternal de nuestros pueblos y su exitosa lucha antiimperialista por su soberanía e independencia. La CELAC se definió como organismo colectivo de todos nuestros pueblos para buscar la unidad discutiendo y resolviendo nuestros problemas y diferencias con plena libertad y autonomía, sin OEA, sin Estados Unidos, sin Canadá, sin injerencias imperiales.

Pero el proyecto se estancó. Faltó tiempo para darle bases sólidas. Chávez enferma y muere. Venezuela es bloqueada por Estados Unidos y entra en crisis. Los gobiernos progresistas se estancan y se recobran las derechas. El servilismo neoliberal se impone, el imperio aumenta su dominio y Cuba y Venezuela se quedan solas resistiendo.

Este año parece haberse iniciado un cierto despertar impulsado por el gobierno mexicano. López Obrador resaltó la visión de Patria de Bolívar y propuso a América Latina romper con la indigna OEA. Al principio el apoyo fue poco y el silencio grande porque la inercia pesa mucho y el cambio suele dar miedo. El imperio se nos impone. Las derechas siguen opuestas a todo lo que beneficie al pueblo. Pero ha habido reiteradas y masivas luchas populares en Chile y en Colombia. En Chile esa lucha exitosa avanza buscando resultados más firmes mientras en Colombia, protegida de Estados Unidos y de sus medios mercenarios, la lucha es aplastada; hay muertos y desaparecidos, su gobierno asesino lo celebra, y nadie dice nada. Y entre ambas, vencido antes el golpe fascista apoyado por la OEA, Bolivia retoma su revolución, y la izquierda moderada logra hace poco un triunfo cerrado en el Perú. En días pasados México convocó una reunión, la sexta, de la CELAC, olvidada desde 2017; y, pese a algunas ausencias, hubo una importante asistencia de jefes de Estado y de representantes de gobiernos. Se trató como prioridad el tema de la pandemia, de la escasez y manipulación de las vacunas y hubo unanimidad en reclamar urgentes soluciones. Se condenó el bloqueo de Estados Unidos a Cuba y sus sanciones a Venezuela. Se reactivaron viejos y justos planteamientos que tuvieron aceptación dando lugar a acuerdos que, por lo pronto son meras palabras, pero palabras que comprometen y que deberían generar pronto decisiones más firmes.

Todo esto está muy bien y debe celebrarse como un nuevo inicio, exitoso y, por supuesto, marcado también por los inevitables y necesarios debates y enfrentamientos ideológicos que siempre hay que asumir. Pero hay también obstáculos, obstáculos pesados, grandes y verdaderos, como los que mencionaba en forma genérica al comienzo. Para enfrentarlos, habrá primero que hablar y discutir mucho acerca de ellos. Por mi parte, intentaré al menos decir algo al respecto en el próximo artículo, el segundo que por ahora dedicaré a este vital e ineludible tema.

 

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