InicioOpiniónRectora García Arocha afirma que Teresa Carreño egresó de la UCV

Rectora García Arocha afirma que Teresa Carreño egresó de la UCV

Elaborar y aplicar un ranking a las universidades del país es una de las acciones obligantes de una política de educación universitaria, sobre todo por los aportes cualitativos y cuantitativos que daría para ejecutar la urgente revisión que el ideario bolivariano exige a las comunidades de estas instituciones.

El empeño puesto por el Libertador en hacer de la UCV una de las mejores del mundo se ha venido a menos no solo en esta magna casa de estudios, sino en la que también debería ser emblema y orgullo de su legado, la Universidad Bolivariana de Venezuela, UBV, y en muchas otras más improvisadas que experimentales.

La prestancia y disciplina académica que llevó a la UCV de José María Vargas, Rafael Pizani, Francisco De Venanzi, Jesús María Bianco, por solo nombrar cuatro de sus magníficos rectores, a realizar más del 50% de la investigación humanística, social, científica del país, y a ser faro de la cultura y del quehacer político, se ha venido derrumbando por el errático y torcido enfoque político de usar esa reputación como arma para cambiar el gobierno que, legítimamente, se otorgó el pueblo venezolano.

Y bajo esa entelequia política, hacia sus adentros, la complacencia basada en prejuicios ideológicos y afinidades políticas está logrando sembrar las semillas de la anomia, al grado de imponer la subjetividad del poder como norma, y así causar serio desgaste y degradación en la otrora diatriba intelectual que brotaba de sus aulas y pasillos.

«En la Universidad Central de Venezuela se fracturó el sistema de méritos académicos. Más conveniente ahora es ser amigo de un decano o de una autoridad rectoral que te nombre para un cargo administrativo (…) que el hecho de ser un investigador (…) Eso es la antiacadémica», señala el profesor  Rómulo Orta, representante profesoral ante el Consejo Universitario de la UCV.

Lea usted la Presentación, no arbitrada, escrita por la rectora Cecilia García Arocha y el vicerrector académico Nicolás Bianco, en el libro El Rey Felipe V de España y la fundación de la Universidad de Caracas en 1721, cuyo autor Alberto J. Navas Blanco, dedica A Santa Rosa de Lima. Patrona de la Universidad Central de Venezuela desde 1721.

Allí se afirma que el científico positivista, profesor ucevista, Adolfo Ernest, (1832-1899) es polaco, a pesar de haber nacido en Silesia, Alemania; que la Escuela de Computación de la Facultad de Ciencias fue fundada en 1966, aun cuando el cronista de la UCV, Idelfonso Leal, señala que se fundó en la década de los 70; que la insigne pianista Teresa Carreño (1853-1917) es egresada ucevista, así ninguna de sus reseñas biográficas corrobore que haya pasado por alguna de las aulas del antiguo edificio San Francisco.

“En el caso específico de la UCV, debieron transcurrir 172 años desde su fundación para poder ver a las primeras mujeres graduadas. Se trató de las hermanas Duarte (Adriana, Delfina y Dolores), quienes egresaron en 1893 con el título de Agrimensor por decreto del Congreso Nacional”, apunta Hora Universitaria, citando a Idelfonso Leal, en su libro La Historia de la UCV.

“Hasta 1936, sólo tres mujeres, además de las hermanas Duarte, habían podido graduarse en la Universidad Central: María de Jesús Lión (Odontología, 1904), María Fernández Bawden (Farmacia, 1924); y Lya Imber (Medicina, 1936)”, añade.

En el texto, tan rico en opiniones como ausente de fuentes, también Arocha y Bianco dicen que Mariano Picón Salas fue Decano de la inexistente, para ese momento, Facultad de Humanidades y Educación, pues, según Leal, el eminente intelectual venezolanista fue fundador y decano de la primigenia Facultad de Filosofía y Letras. 

Y mientras las autoridades rectorales y gremiales resquebrajan, para beneficio de las universidades privadas, la arduamente lograda autoridad académica de la UCV, las de la UBV y las de la mayoría de las experimentales abundan en decisiones y acciones impulsadas por la improvisación  y el amiguismo político, tomadas por personas y grupos sedientos de grados académicos y de poder.

Las deficiencias de la UBV son tan evidentes y vociferadas por estudiantes y profesores en sus oficinas, aulas y pasillos, que el autor de esta nota puede eximirse por carecer de la imperdonable ausencia de estadísticas sobre el estado de la educación universitaria en el país.

Tanto por el número de universidades, edad, matrículas, planteles profesorales en las experimentales son pocos los planes de investigación generadores de pertinentes conocimientos. Predomina la antiética de “trabajo poco porque gano poco”. Aplican débiles y frágiles disciplinas de ascensos profesoral. Son escasos los profesores de escalafón.

Carecen de cuerpos electos colegiados de gobierno y cogobierno. Violan  y “baipasean” acorde a la subjetividad e intereses personales del docente, las normativas de asistencia estudiantil, y con ellas echan al cesto los regímenes de evaluación. Las cátedras, como célula del diálogo y del saber, están inhibidas por la intolerancia y el temor a las represalias.

Por supuesto  que toda esta crítica es relativa. Muchas no son tan así, cierto. Pero son las tendencias  dominantes. El vulgar y bochornoso “chapeo”, que le dio título universitario a Blanca Ibáñez, en la Universidad Santa María, debe ser eliminado, junto a las miles de excusas «revolucionarias» y “solidaridades automáticas” entre docentes y estudiantes, para incumplir tareas académicas y así obtener títulos Promoción Honor a mis padres y a Hugo Chávez, más útiles para los clavos de la pared que para el ejercicio real de la profesión.

La tarea es dura. Nada fácil es borrar la ideología instrumental, excluyente y meritocràtica, de obtener el título como único y exclusivo fin del hecho educativo, más cuando hay autoridades de las mismas universidades, y hasta ministros, que se han valido de tanta anomia para recibir grados académicos.

De allí que para estimular espacios internos de discusión, coadyuvar a las instituciones a proporcionar, información y reducir tantas conductas ajenas a la academia, se hace necesario crear un Ranking de universidades, tal como existen en muchos países, incluidos Cuba y China.

Uno de los retos es revertir la tendencia descrita por el Ranking Scimago, el cual ofrece información y comparaciones de la producción de artículos científicos por países. Los artículos y las citas son la medida mejor comprendida y más aceptada de la solidez académica e investigativa de las universidades.

Según sus datos, tomados de la base de datos Scopus, Venezuela en 1997 generó 1.256 artículos científicos citables; en los siguientes años creció hasta alcanzar un máximo de 2.315 artículos citables en 2009; a partir de 2010 comienza a decrecer y para 2019 se publicaron 1.235 artículos citables, 25 menos que los publicados en el año 1997.

Como país, Venezuela desde 1996 hasta 2006, generaba más artículos de investigación que Cuba, Colombia, Perú, Ecuador y Uruguay. A partir de 2005, Colombia sobrepasa a Venezuela, lo mismo ocurre con Cuba en el 2010, en el 2014 con Perú, en el 2015 lo hace Ecuador y en el 2017 Uruguay.

Tal como es de nuestro común saber y su peso en la opinión pública, la reputación académica de la universidad  y sus egresados, ante el pueblo y los empleadores, es una de las variables de mayor significación a ser recopilada y sopesada en el ranking.

Otro indicador a ser tomado en cuenta es el impacto del trabajo publicado de un científico o académico. La variable se basa en los artículos más citados por los científicos y el número de citas que han recibido en otras publicaciones.

También está el número de profesores por estudiantes y la tasa de empleo de los graduados, el cual examina si los esfuerzos realizados por una universidad finalmente resultan exitosos. Se mide el porcentaje de graduados de la universidad que están empleados hasta doce meses después de la graduación.

Hay muchos más indicadores, como el número de acuerdos oficiales que una universidad tiene con los empleadores y clasificar todas las universidades en consecuencia. Se basa en la creencia de que las universidades que pueden colaborar con éxito con empleadores influyentes, proporcionando a sus estudiantes experiencia laboral, financiación y oportunidades para demostrar iniciativa de investigación, funcionarán como un impulso a la empleabilidad de sus estudiantes.