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¿Salvarnos o ser salvados?

De acuerdo al diccionario ‘alienación’ es el “proceso mediante el cual el individuo o una colectividad transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición”, añade además que -desde el punto de vista psicológico- es el “estado mental caracterizado por una pérdida del sentimiento de la propia identidad”. 

Pocos pueden rivalizar que la televisión es sistemáticamente empleada para alienar a la audiencia de diferentes formas, a la que ahora se suman otros medios que nos siguen en los dispositivos móviles (Instagram, YouTube, TikTok, y los que vendrán). En la década de los 60, Vance Packard fue despreciablemente tratado cuando expuso palmarias evidencias en “Las Formas Ocultas de la Propaganda” (The Hidden Persuaders) y “Los Artífices del Derroche” (The Waste Makers). En aquellos años, ya Packard hablaba convincentemente de las técnicas de manipulación mentales y psicológicas, tampoco dudó en denunciar que el camino que transitamos como sociedad es idéntico aln expuesto por George Orwell y Aldous Huxley en “1984” y “Un mundo feliz”, respectivamente. 

Un ejemplo. En el periodo y obra del autor se hizo popular en varios países, especialmente en Venezuela (como en buena parte de Latinoamérica) series televisivas como “El Zorro” (tres años consecutivos en 82 episodios) o “Batman” (también tres años, 120 capítulos). La relación afectiva del público con estos personajes se logró gracias a la televisión y luego al cine. 

El Zorro es un personaje creado en 1919 por Johnston McCulley, mientras que The Batman fue lanzado por Bob Kane y Bill Finger en mayo de 1939. De diferentes generaciones, ambos están liados por la misma trama, el joven millonario que hereda una fortuna y brinda justicia tras una máscara, resolviendo crímenes en favor de los desposeídos, donde los tiranos están acompañados de cuerpos de seguridad (policía o ejército) tripulados por ineptos.

Las dos series y las películas dedicadas a ellas han tenido abrumador éxito, al punto que han sido reeditadas, colorizadas, rehechas, digitalizadas y vueltas a transmitir incansablemente. El mensaje parece irresistiblemente el mismo en cada nueva transmisión y para cada nueva generación.

Gracias a la televisión, las llamadas generaciones “X” (de los 60’ a mediados de los 80’), “Y” o “milenio” (entre los 80’ y los 90’) y la “Z” (del 2000 al 2010) crecieron acariciando el concepto del rico liberando al pobre de la opresión, donde el desafortunado está -indistintamente- preñado de estulticia y debe esperar al héroe para ser liberado; además, los encargados de la justicia son rabiosamente incompetentes, llegando al extremo de optar por hacer pública su incapacidad al llamar al clemente forajido con potentes luces, sofisticados teléfonos o campanadas desde una iglesia. En cualquier caso, el millonario se protege detrás de una máscara y elaborados trajes, pero JAMÁS compromete su identidad, no sea cosa que pierda su plataforma y súper poder: los reales. El millonario salvador sigue siéndolo no importa el desenlace del episodio.

Como ves, en términos de alienación, gracias a la relación afectiva con el aparato televisivo, el show brinda un programado mensaje, desde su plataforma de poder, pues son ellos (entonces) los grandes liberadores. Los usuarios necesitan del medio televisivo o redes sociales como el pobre necesita del Zorro, pues solo así podrá obtener lo que cree necesita, mientras que cualquier regulación es inepta, como lo es el sargento García o el comisionado Gordon. 

Puedes seguir viendo y leyendo obras de alienación, reconociéndolas como tal, incluso puedes disfrutarlas inteligentemente. La diatriba es si debemos ser responsables y salvarnos de la alienación o esperar a ser salvados por algún enmascarado. La primera opción parece ser realmente la única viable, pues -para la segunda- debes esperar que el “héroe” se quite la máscara y en 100 años no ha ocurrido. 

Por casos como este, puedes recordar a Ramón Pérez de Ayala señalando que “Cuando la estafa es enorme ya toma un nombre decente”.

*El autor es Presidente del Observatorio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación.

@betancourt_phd

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