¡Salve alcaldías! los árboles que van a morir te saludan

Censar los árboles calle por calle, manzana por manzana, plaza por plaza, comuna por comuna debe y tiene que ser un compromiso de los actuales y futuros alcaldes, de cumplimiento obligatorio atado a la controlaría y vigilancia de los consejos comunales y de cualquier otra organización popular digna de serlo.

Lo de actuar junto a los consejos comunales es propio del ser bolivariano, pero la propuesta de censar árboles no tiene nada de autoría original: es una práctica instituida de la Alcaldía de Barcelona, España, que ha revertido para sus citadinos mejoras tan sustanciales como ir borrando poco a poco de la mente eso de echarle la culpa al árbol de la incapacidad civilizatoria de armonizar con el ambiente.

El eminente intelectual venezolano Arístides Rojas cita en sus Crónicas de Caracas unos cuantos episodios de burgomaestres y de otros agentes de la realeza colonial española, que durante el siglo XVII la cogieron por cortar los arboles de la capital; con lo cual el lento pero progresivo genocidio arbóreo caraqueño se adelantó a la tesis Civilización o Barbarie del argentino Domingo Faustino Sarmiento, quien en su serie de artículos periodísticos hechos libro con el título Facundo, aporta fundamentos al viejo dicho “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra”. ¡Viva el cemento pues!

Pues bien, la matanza de estos seres vivos no se ha detenido; solo ha adoptado nuevas e innovadoras armas de talación masiva, las cuales cuentan con el denodado apoyo solidario de los medios de comunicación, que nunca han dudado en calificar a los árboles de actuar con silencio y alevosía para romper aceras, fracturar techos y paredes, abrir hueco en tanques de agua para provocar inundaciones y sequias.

La civilización tanto han innovado en su arboricida artillería, que la ecocida conducta de lapidar con cemento las raíces de los árboles ubicados en las aceras ya compiten con la inyección de aceite quemado y otros tóxicos como medios expeditos para quitarle el verde a la ciudad.

Y aun cuando la bolsonara tala sin rubor y descaro se mantiene en un menú de opciones, donde no falta la quema y el derribamiento con grúas, la lápida con cemento toma cada vez más fuerza, pues cierra con INRI la ventana del árbol y con ello elimina la criatura antes de nacer, al tiempo que permite un excusable derribo del árbol sin responsables aparentes.

La sepultura con concreto es visible a los pies de cualquier árbol sembrado en las aceras de la ciudad, pero se observa con mayor intensidad en las urbanizaciones donde la baja conciencia ambiental se manifiesta en una organización comunitaria inexistente débil; y donde las alcaldías municipales permiten a sus funcionarios emplear las sierras como herramientas de chantaje para “redondearse” el salario.

Bajo tal manto de autoridad y con supuestas ganas estéticas desactúan las cuadrillas de las alcaldías o y otros organismos, cuyo personal especializado en asuntos forestales atiende de inmediato la sugerencia de cualquier propietario de negocio de calle o avenida o Junta de Condominio, para echarle sierra a los robustos Mijao, Caoba, Araguaney, Bucare, no importa si es el Día del Árbol o del Ambiente.

Para detalles, fíjese en la rotación de los inventarios ornamentales de la autopista Cacique Guaicaipuro, antigua Francisco Fajardo, o los de la avenida Sucre de Catia o de la avenida Andrés Bello. Quitan las secas plantas, echan abono, traen y siembran grama y arbustos. Pasa el tiempo. Nada de riesgo ni de mantenimiento. Todo se seca. Vuelven a raspar el terreno, otra vez echan abono, traen y siembran grama y arbustos y así sucesivamente. ¿A quién comprarán tantas matas?  

O póngale más atención a las urbanizaciones de Santa Mónica, Los Rosales, Caricuao, El Bosque, Catia, La California, El Valle, avenida Francisco Solano. Tan pronto las antiguas casas y sus frondosos jardines comienzan a ser transformados en negocios, concesionarios o estacionamientos, arranca una tala con o sin permiso, argüida con la manida excusa de que la caída de los mangos provoca chichones y las Guacamayas hacen caca sobre las cabezas de los clientes.

Para las familias que rezan unidas el argumento preferido para talar cualquier arbusto, por pequeño que sea, cuando está dentro de la casa, es: “Yo en mi casa hago lo que me da la gana”. Ni hablar de las dictatoriales Juntas de Condominios; y cuando está en la acera, es porque su raíz rompe las bases de la casa o es la culpable de la cañería obstruida, aun cuando al destaparlas sea visible y notorio los pelos de la señora enrollados en la guaya.

Total, como toda minoría marginal en esta fragmentada sociedad, léase locos, gays, putas, indigentes, poco a poco los árboles han sido y están siendo recluidos a sus respectivos reclusorios, tales como parques nacionales, zonas especiales, jardines botánicos, plazas, donde dan una pelea perdida por el espacio vital contra burócratas permisivos de quintas, posadas, hoteles, ciclistas y los destructivos 4X4.

Por ello, la tarea de censar los àrboles de Caracas y de cualquier ciudad del país no es solo un asunto estadístico. Es involucrar protagónica y participativamente a las comunidades en el conocimiento y tratamiento de esas fuentes de oxígeno, agua, sostén de temperaturas adecuadas para la vida. Es crear conciencia política ecológica.

La información censal permite conocer cuáles especies hay y cómo están distribuidas. Cuáles zonas son deficitarias y cuánto oxígeno y agua producen; cuánto monóxido y dióxido de carbono absorben.

Además, puede elaborarse un sistema de detección temprana satelital de los procesos de forestación y deforestación, incluso aportar indicios sobre quiénes podrían ser los responsables de las talas. Las comunidades organizadas y apropiadas podrán entonces defender al árbol como un derecho humano.

 

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