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¿Sobredimensionar a Petro?

Por supuesto que es un triunfo resonante el que han alcanzado Francia Márquez y Gustavo Petro en las elecciones presidenciales de este fin de semana en Colombia. El solo hecho de producirse en el país que más cuestionamientos y denuncias de manipulación del voto de los sectores tradicionalmente dominantes de la derecha, es suficiente para celebrar por todo lo alto la hazaña que ese gran logro de una propuesta progresista (y hasta izquierdista, para muchos) representa.

Se asume que constituye un hito histórico en el que se quiebra el statu quo impuesto desde hace casi un siglo por la oligarquía más reaccionaria y ultraconservadora de la región latinoamericana, por el solo origen humilde y comprometido con el pueblo de cada uno de los integrantes de esa dupla que hoy se erige sobre el inmenso poder de la superestructura del gran capital que hasta hoy dominó el ambiente político en ese país, en virtud de lo cual se esperan cambios radicales sorprendentes e inusitados en la forma de gobernar y de hacer de la gestión pública un canal expedito para la redención y la justicia social tan largamente anhelada por las colombianas y los colombianos.

Pero muy probablemente mucho de eso termine quedándose en intenciones, habida cuenta de la dura realidad que deberá enfrentar el nuevo gobierno colombiano, ya no en función solamente de saldar la inmensa deuda social acumulada en un país que registra los más altos índices de desigualdad, de pobreza y pobreza extrema, así como de exclusión social y migración, sino en relación con los grandes intereses creados en esa nación en torno al Estado.

La realidad de la parapolítica, del narcoparamilitarismo, de las mafias del lavado de capitales provenientes de la droga, así como de las estructuras del gran capital creadas a la sombra de la política al servicio de los poderosos sectores oligarcas colombianos, son una carga más que difícil de sobrellevar. Pero quizás el obstáculo más determinante para adelantar una gestión de carácter popular e inclusiva es sin lugar a dudas el peso de la Embajada de Estados Unidos en Colombia y su expreso interés de operar desde ahí contra Venezuela.

¿Podrá Petro, que no es propiamente un revolucionario, asumir el reto de plantarle cara al imperio?

Amanecerá y veremos.

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