Un ensayo de los Rolling

Entra Ronnie Wood a las 6 en punto, preciso como siempre, acompañado por su manager, la enfermera que le sostiene la bomba de oxígeno y el chamo que lo arrastra en silla de ruedas. Dos asistentes lo alzan en brazos hasta la camilla; uno le hace una transfusión de sangre express y otro mantiene la Gibson Les Paul lista para colgarla sobre su cuello.

Jagger aparece tarareando en lengua ininteligible Sympathy for the Devil y agitando unas maracas, mientras una señora va detrás barriendo del suelo el cuero seco que va desprendiendo su cuerpo eternizado por el formol. Más atrás, otra ayudante le sostiene una caja de prótesis dentales entre las que destaca una que viene con una inmensa lengua fucsia, que utiliza en algunos de sus conciertos y en fotos oficiales.

Afuera, en el largo pasillo de acceso al estudio, espera impaciente el señor que trae directo desde Roma un sudario bendecido personalmente por el Papa, para que se les suministre a tiempo el sacramento de la unción si alguno cae entre un acorde y otro de Paint It Black. A su lado, sosteniendo un recipiente de acrílico transparente, espera un especialista con un par de caderas de metal-polietileno que nadie sabe para quién son.

Se materializa, desde las sombras, Charlie Watts, con dos rottweilers cobrizos que transportan en sus hocicos las baquetas bendecidas por el diablo, antes de retirarse jadeando para recostarse del bombo de la batería.

Con él viene un enfermero arrastrando un enorme desfibrilador aún caliente por la más reciente descarga, y se para a su lado por si acaso.

Al corredor arriba una pandillita de groupies que les acompañan desde su gira del 68 por Estados Unidos, pero como la menor tiene 75 años, vienen acompañadas de sus nietas y bisnietas con toneladas de pastillas, jarabes e inhaladores por si a alguna le da un patatús mortal.

Gravitando en el aire arriba Keith, transparente como una aparición ectoplasmática, y se detiene al lado de dos inmensos amplificadores Marshall desde donde un técnico estira el cable para su guitarra, con la que de inmediato empieza a rasguñar los riff de Angie mientras las chicas afuera gritan o tosen, y él les responde con una carraspeo agónico que pone en alerta a su cardiólogo, anestesiólogo, cirujano plástico, geriatra, infectólogo y a las 7 enfermeras del averno que lo acompañan en sus locuras postadolescentes.

“¿Dónde están las drogas?” pregunta entre risas una de las coristas, y los Rolling ponen cara de asombro mezclada con asco, como si les estuvieran mencionando al Coronavirus.

“I was born in a cross-fire hurricane…” arranca Mike después de los acordes de Keith para comenzar el ensayo con Jumpin’ Jack Flash, pero cuando ven que más nadie los acompaña, se dan la vuelta y notan a los otros dos dormidos, o muertos, quién sabe.

Se suspende el ensayo, hasta nuevo aviso, mientras intentan revivir a los chicos en profundo letargo, tomando en cuenta que hay que practicar fuerte porque se les viene encima la gira sudamericana que los llevará, entre otros destinos, a Venezuela, donde tocarán con Paul Gillman, el noveno Beatle, para el cierre del Suena Caracas de la Nueva Normalida en la plaza Diego Ibarra.

 

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