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Un tiempo para reír

¿Sobre qué meditar en tiempos de Carnaval, si no es sobre la risa? No queremos hablar de la risa por la alegría celestial de la cual habla san Pablo. No. Hablamos de la auténtica risa, aquella que se presta a numerosas expresiones duras: “reírse a carcajadas”, “a mandíbula batiente”, “reventarse de risa”, “morirse de risa”, “desternillarse de risa”; de esa risa que acompaña los chistes picantes. Una risa más ruidosa que profunda; una risa que la gente digna estima indecente, tanto en uno mismo como en otros. De esa risa pretendo hacer el objeto de nuestra meditación.

¿Un reto? No tanto, pues las cosas risibles en sí mismas son cosa muy seria; siempre que se les deja su verdadera naturaleza, la de provocar la risa. Una risa de buen corazón. ¿Esta risa se puede cazar con la vida espiritual? ¿Y por qué no, pues? ¿Acaso la risa le tuviera desconfianza en Dios?

Escuchemos la lección del Eclesiastés, el libro más pesimista de la Biblia: “Hay bajo el sol un momento para todo, y un tiempo para hacer cada cosa (…); tiempo para llorar y tiempo para reír; tiempo para gemir y tiempo para bailar; tiempo para los abrazos, y tiempo para abstenerse de ellos”. Aun en su vida íntima, la de su espíritu y su corazón, el hombre vivo no conoce ninguna parada definitiva. Vivir significa evolucionar sin cesar. Pero no soñemos con un barómetro espiritual con “buen tiempo” permanente.

Una risa que resonara siempre y por todas partes en el mundo, no podría ser otra que la de la desesperanza eterna, la risa del infierno. Dejémosla a los demonios, no está para nosotros.

Pareciera que la risa nos tiene otro lenguaje: ¡Vamos! Eres un ser humano. El movimiento perpetuo es el punto de partida de tu existencia. No tienes por qué fijarte en ningún lugar.

Infeliz de ti si, viviendo bajo la ley del tiempo, quisieras jugar a la eternidad y la inconmutabilidad. Esa petrificación sería tu punto final. Ve, ríete de ti mismo más todavía que de los demás. ¡Ríete! Tu risa es el reconocimiento de tu condición humana. De tu relativa insatisfacción. Reconocerte a ti mismo, ¿acaso no es el punto de partida del reconocimiento de Dios? Así, la risa, manteniendo al ser humano en su puesto versátil, le permite cantar a su manera la gloria de Dios. ¡Seguiremos!

Sacerdote de Petare

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