Una cosa es una cosa

… y otra cosa es otra cosa.

Hablaré de los maestros que me enseñaron esta verdad parmenídea, Edgar Morin y Gisèle Halimi, quien murió hace un año y fue mi amiga de última hora. Hubiera querido entablar esa amistad desde mucho antes, pero la vida es como es. La conocí en el Celarg, donde su esposo Claude Faux, secretario de Jean-Paul Sartre, nos dio una magnífica conferencia sobre este. De pronto en la reunión protocolar antes de la charla sospeché que tenía delante a Gisèle Halimi en persona, de quien tenía noticia por su fama y por su imagen, pero lo que menos esperaba era hallarla en mi oficina. Interrumpí y pregunté:

—Un momento… ¿Usted es Gisèle Halimi?

« Mais, oui ! » me répondit-elle.

—Ah, entonces tenemos que recomenzar esta reunión porque yo la admiro muchísimo… —expresé.

Morin cumple hoy 100 años, edad prematura para un inmortal. También lo conocí en Caracas. Mi abuela, otra maestra, también llegó a esa edad.

¿Qué me enseñaron? La complejidad, entre mil sabidurías. Halimi era judía —como Morin—, tunecina, feminista, anticolonialista, admiradora de Francia, que no es contradicción. Admiro a los Estados Unidos de los Joplin, Whitman, Hendrix, Jobs como abomino el Estado Profundo y su guiñol de la Casa Blanca. Como honro a los diez mártires neoyorkinos que vinieron con Miranda a liberarnos y que las autoridades coloniales capturaron y ahorcaron en Puerto Cabello en 1806. Debemos, pues, celebrar la Independencia de los Estados Unidos, pues, además, Miranda es héroe de esa otra revolución y liberamos la Florida española.

Gisèle, entre mil batallas, defendió a Yamila Boupacha, activista del Frente de Liberación Nacional de Argelia, violada y torturada por el colonialismo francés. A Halimi le repugnaba que Francia, la de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano practicase la tortura y masacrase a sus compatriotas árabes. Hablaba árabe y el francés elocuente de la Rive Gauche, la Ribera Izquierda del Sena, el vecindario de artistas e intelectuales donde triunfó Miles Davis. Y encima era simpática. Una de las madres del feminismo mundial, con su amiga Simone de Beauvoir, mi maestra también.

Ojalá tuviera talento para estar a la altura de mis maestros.

 

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