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Los 20 puntos del candidato

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En mis libros La máscara del poder y La lengua de la demagogia, detallo 20 rasgos útiles para adivinar quién ganará las elecciones o para que el lector sepa si califica como candidato. Los lucen los caudillos rurales; los urbanos, los remedan con una pequeña ayuda de sus asesores electorales.

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Los cinco primeros se refieren a la propia persona del dirigente. 1) El caudillo es personalista: ejerce el poder por encima de toda norma o principio. Leyes de Indias, constituciones o estatutos partidistas se acatan, pero no se cumplen: los andinos llegan a Miraflores a caballo en 1899; los adecos en tanque en 1945. 2) El caudillo es protegido por las fuerzas invisibles: a Páez lo salva un “Ejército de las Ánimas”; Gómez es “el Brujo de La Mulera”. Betancourt tiene pipa ensalmada; Luis Herrera pepa de zamuro; Lusinchi recurre al numerólogo Shápiro; Caldera al astrólogo Horangel y pone preso al astrólogo Bernardo Gómez. 3) El caudillo tiene resistencia física: Páez, José Gregorio Monagas, Crespo, son superhombres en alpargatas. Gómez amenaza con no morir nunca (como en efecto). Betancourt es a prueba de dinamita. Caldera tiene próstata invulnerable. Pérez camina. 4) El caudillo es favorito del sexo opuesto: las damas despiden al anciano Páez que parte al exilio. Cipriano Castro tiene satiriasis; Gómez, cien hijos naturales; Pérez Jiménez persigue misses en motoneta; Betancourt encuentra en las damas “el reposo del guerrero”; Gonzalo Barrios pierde las elecciones por misógino; Lusinchi tiene la Innombrable; Pérez camina. 5) El caudillo es astuto: las fuerzas invisibles y las masas legitiman al “vivo”. Para ser “vivo” no hace falta saber leer. El “vivo” enreda a los “doctores”. Páez y Gómez se crean falsas reputaciones de iletrados. Betancourt afirma que “no se necesita ser doctor para ser un buen presidente de la República. No fue doctor Rómulo Gallegos, no soy yo doctor, no es doctor Carlos Andrés Pérez. Y Piñerúa, sin ser doctor, va a desempeñar, con eficacia y sensatez, la Presidencia de Venezuela”.
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Otros cinco rasgos definen las buenas relaciones del caudillo con los allegados, que prefiguran las que tendrá con la comunidad. Para asemejarse al pueblo, todo caudillo forja una leyenda sobre su 6) origen pobre: Páez, Gómez, Leoni, Lusinchi y Pérez, descienden de terratenientes, Betancourt de un almacenero, pero lo disimulan. 7) El caudillo es patriarcalista. Manda con los suyos, pero no deja que lo manden. 8) Es particularista: compadre de sus compadres, compañero de sus compañeros, amigo de sus amigos, coterráneo de sus coterráneos. En la clandestinidad, es íntimo del pueblo; en campaña, de los copartidarios; en el poder, de las fuerzas vivas. 9) El caudillo siempre ofrece su retiro: Páez, Guzmán Blanco, Cipriano Castro, Gómez, Betancourt, se la pasan prometiendo dejarle el poder a sus incondicionales; pero el caudillo ni se retira ni lo retiran (Caldera). 10) El caudillo impone el sucesor: un compañero de confianza que cuide el coroto, el cual si es pazguato, se lo deja quitar (Vargas) y si es vivo, se alza con él (Gómez, CAP).

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Otro quinteto de rasgos imparte legitimación cultural al dirigente, como miembro de una comunidad nacional de la cual sería representativo y representante: 11) El caudillo gusta de la comida criolla: díme lo que comes, y te diré quién eres. Comer como el pueblo, es ser como él: Páez devora carne asada, Gómez bebe pisca, Betancourt traga condumio guatireño, Leoni, queso guayanés, Luis Herrera, de todo. 12) El caudillo usa traje popular: el campesino viste traje claro con sombrero. Boves, Páez, los Monagas y Zamora lo lucen para las campañas militares. Crespo lo convierte en liquiliqui para las políticas. Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez lo adoptan; lo heredan Larrazábal, Caldera, el Juanbimbita de los adecos y el safari con pelo e’ guama de Luis Herrera. 13) El caudillo muestra amor por los animales: los trata como a seres humanos, y viceversa. 14) El caudillo gusta de entretenimientos populares: galleras, mangas de coleo, patios de bolas criollas, hipódromos son los escenarios del poder. Paez y los Monagas representan en ellos. El mariscal Falcón impone el dominó, que enseña al político a contar con los dedos y a contraer alianzas de no más de un cuarto de hora. 15) El caudillo domina el habla popular. Quien habla como el pueblo, habla por él. Pero como Gómez descubre que el pueblo está callado, los políticos inventan el hablar preguntao, el refranero herrerista, la quincalla verbal betancourista o el simple disparate (ni lo uno ni lo otro; estamos mal, pero vamos bien).

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Los últimos cinco rasgos revelan las relaciones del dirigente con la colectividad a la cual quiere representar: el caudillo está 16) en contacto con el pueblo, o por lo menos con viejitas, indigentes y niños, siempre que haya un fotógrafo para registrarlo y un ingenuo para creerlo. 17) El caudillo hace gala de igualitarismo: “Aquí todos semos café con leche”, por tanto “aquí no hay discriminación racial”, por tanto “todos semos iguales”, salvo la mayoría que está en la pobreza. El caudillo 18) asimila su imagen a la del paradigma nacional del poder legítimo: el Padre de la Patria. Todos se presentan como un segundo Bolívar. Todos muy de segunda. El caudillo ofrece la 19) dádiva: Tiburón se baña, pero salpica. Con los adecos se vive mejor. Cómo quedo yo ahí. Beca alimentaria.

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Mencionamos de último el rasgo que separa al caudillo del estadista: 20) la adscripción a una causa: a una reivindicación clasista sentida vagamente por el pueblo apenas como conjunto de carencias. Sin ideología ni aparato coherente para imponerla, el caudillo es primero el servidor, luego la encarnación, finalmente el freno de la causa. Si no la detiene, las fuerzas vivas le paran el trote a él (Ver: 1948, 1989, 2002). Sin un aparato comprometido con un proyecto, Páez, Guzmán Blanco, Gómez y Betancourt pasan de reyes de la baraja a pajes de las oligarquías: se convierten en lo que detestaron. El caudillo es un medio; cuando busca convertirse en fin, lo encuentra.

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