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Venezuela, esperanza y resistencia

Vivimos menguados tiempos para la esperanza, y más difíciles para la resistencia. El mundo sufre una confrontación que mide el poderío económico y militar de tres potencias hegemónicas. La aniquilación sistemática de pueblos relativamente indefensos, como el palestino, evidencia la cuasi inutilidad de organizaciones internacionales y de las normas que las rigen. Países que fueron hegemónicos han descendido a semicolonias, útiles solo para ser sacrificados como mercenarios en las guerras imperiales.

Comprender un problema es comenzar a resolverlo. La hegemonía de Occidente tiene por base y finalidad el dominio de la energía fósil. Las contiendas del siglo XX y las del XXI han sido rebatiñas para monopolizarla. La Primera Guerra Mundial se desató para disputar a Alemania y al gran Imperio otomano las reservas petrolíferas del Oriente Medio. La Segunda intentó arrebatar al control soviético los campos petrolíferos de Bakú. Los restantes conflictos disputaron o aseguraron zonas periféricas de los grandes yacimientos de hidrocarburos o vías para su transporte. Todos los enfrentamientos del Oriente Medio han tenido como pila bautismal el petróleo: hasta el genocidio que se perpetra en Gaza tiene por objetivo el gas de su costa.

Tal cuadro conflictivo se debe al hecho de que cerca del 80% de la energía que mantiene funcionando al mundo es de origen fósil. A ella deben su estatuto las actuales potencias. De la misma depende, por otra parte, la posibilidad de extraer, transportar, transformar y aprovechar los restantes recursos, la mayoría situados en países en vías de desarrollo, mientras que las empresas que los aprovechan dependen de casas matrices ubicadas en países desarrollados.

Esta situación llegará a su fin con el agotamiento de la energía fósil. Sus reservas no son renovables y diversos indicadores pronostican la llegada del “pico de los hidrocarburos” a partir del cual estos se harán cada vez más escasos, difíciles de extraer y antieconómicos.

El ministro de Finanzas ruso, Vladimir Kolichev, estima que “el pico del consumo bien podría haber pasado” (https://www.bloombergquint.com/markets/russia-starts-preparing-for-life-after-peak-fossil-fuels). British Petroleum calcula que nunca retornará al nivel de 2019, “la marca más alta en la historia del petróleo”. La compañía estatal Equinor de Noruega sitúa el derrumbe de la producción hacia 2027-28; la investigadora de ese país Rystad Energy lo prevé para 2028; la francesa Total S A hacia 2030; la consultora Mc Kinsey para 2033; el grupo Bloomberg NEF y los consultores Wood Mackenzie en 2035; la estimación más optimista es la de la Opep que lo fecha hacia 2040, dentro de 16 años escasos (https://www.bloomberg.com/graphics/2020-peak-oil-era-is-suddenly-upon-us/).
Tales cálculos son aproximativos y podrían cambiar por el descubrimiento de nuevos yacimientos, pero no alteran la realidad: los hidrocarburos no son un recurso natural renovable. Disponemos de una reserva fija de ellos, que no admite extensión ni crecimiento, y para un lapso limitado. Esta debe ser aplicada prioritariamente a la habilitación de energías renovables que permitan mantener algunos de los elementos del proceso civilizatorio actual dentro de cuatro o cinco décadas, lapso tras el cual posiblemente la energía fósil se habrá agotado o su extracción requerirá mayor energía que la que aportará.

Ello replantea con urgencia el secular debate sobre a quién pertenecen los recursos naturales, de si debe haber limitaciones para su explotación, y a quién corresponde establecerlas. Es obvio que las potencias hegemónicas se consideran dueñas de las fuentes de energía mundiales y competentes para fijar o no las limitaciones que les interesen para su explotación. Para materializar tal pretensión avanzan en cuatro estrategias:

1) La invasión militar abierta con cualquier pretexto inventado para instaurar Gobiernos de ocupación que se apoderen de las reservas energéticas o sus vías estratégicas, como ocurrió en Irak, Libia y Afganistán.

2) La injerencia política creciente para instaurar Gobiernos que privaticen dichas reservas y las industrias que las explotan, y cedan el control de ellas a empresas de los países hegemónicos, como ocurrió en Irak tras el derrocamiento de Mossadegh.

3) La entrega de dichas reservas bajo el régimen de zonas especiales a multinacionales que no cancelarán impuestos a los países propietarios, no acatarán normativas laborales o sindicales ni estarán sometidas a leyes ni a tribunales locales.

4) El dominio de la explotación de dichas reservas mediante la imposición de normas supranacionales ambientalistas o de cualesquiera otra índole que arrebaten de facto el control sobre sus recursos a los países donde estos se encuentran.

Las potencias avanzan en la aplicación tanto individual como conjunta de las estrategias mencionadas, su culminación equivale a la pérdida de la soberanía territorial y del patrimonio de los países afectados.

Contra todas ellas se han levantado resistencias: la historia de la contemporaneidad no es más que la confrontación entre tales propuestas y los pueblos del mundo.

En relación con la cuarta estrategia de dominio, la verdad es que son los países hegemónicos quienes más devoran, destruyen y contaminan el planeta con sus industrias orientadas hacia el consumismo, sus mercancías diseñadas para la obsolescencia, su producción armamentista, sus guerras, su sobredimensionamiento del turismo y la generalizada devastación que esparcen sus explotaciones. Para disminuir tales efectos nocivos les bastaría con dejar de consumir energía, pero no lo hacen. En cambio, instalan mercados de “licencias para contaminar”, en los cuales se puede comprar el permiso para envenenar un área del planeta a cambio de no hacerla en otra, o lanzan iniciativas devoradoras de energía para reactivar el ciclo capitalista, como la del autoeléctrico.

Así en Copenhague se pronuncia Chávez contra “una farsa destinada a permitir que un capitalismo sin conciencia logre escamotear sus propias responsabilidades y pueda presentarse como si estuviera libre de polvo y paja”. Y concluye: “Cambiemos el sistema, no el clima” (Red Voltaire, 16 de diciembre de 2009).

Mientras hay esperanza, hay resistencia.

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