Numa Molina: Nuestro pueblo se siente herido pero camina

En un banco de la capilla Monseñor Romero, centro espiritual de Ciudad Caribia, nació la idea de presentar el último milagro de José Gregorio Hernández ante El Vaticano para la santificación del bautizado Médico de los Pobres. “Allí estábamos sentados”, apuntó Numa Molina, cuando nos caminaba por la capilla donde precisamente concedió una entrevista a Últimas Noticias, teniendo de fondo los ladridos de un mucuchíes que le trajeron de los andes y lo resguarda en el patio.

En esos días del año 2017 Molina tenía hospedado en su casa a un hermano que intervinieron quirúrgicamente. Pero también recibió la visita de su amigo Alexander Krinitzky, el médico neurocirujano que operó a Yaxury Solórzano, la niña herida de bala y sanada milagrosamente porque su madre así se lo pidió al doctor José Gregorio.

Yaxury iba con su papá en una moto que un grupo de delincuentes querían robar y dispararon un arma de fuego, hecho que transcurrió en esos caminos de la llanura guariqueña que cruzan por el caserío Mangas Coveras, municipio San Gerónimo de Guayabal.

Toda esa historia se la contó Krinitky al padre Numa Molina en esa capilla “Monseñor Romero”. Al día siguiente, el neurocirujano se marchó a San Fernando de Apure y dejó a Molina pensando en ese relato.

Médico y sacerdote quedaron rumiando la historia, hasta que a la semana siguiente, casi a medianoche, Molina llamó a Krinitzky y le sugirió preguntarle a la mamá de la niña sanada, a cuál santo le pidió.

Además de sacerdote, Numa Molina es licenciado en Comunicación Social. Por VTV y otros canales se transmite su misa dominical así como programas de corte espiritual.

—¿Cuéntenos cómo comenzó la historia de ese milagro que beatificó a José Gregorio Hernández?
—Allí en una silla de esas comenzó la historia del milagro. Dos médicos operan a un hermano mío en el año 2017 de una hernia discal: Ángel Chacón y Krinitzky. El día que lo trajimos aquí a Ciudad Caribia, el doctor Kriniztky me dijo que tenía un caso que cuando lo cuenta se le eriza la piel. Y me echa el cuento de la niña Yaxury. Luego me dice que lo tiene registrado porque lo va a presentar en un congreso de neurocirugía. A mí me llamó la atención pero no le dije nada. Luego él se fue a San Fernando de Apure y me dejó pensando.

—¿Qué hizo usted con ese relato?
—A los tres días de haberse ido Kriniztky estaba orando frente al Santísimo a las 5 am. Esa es mi rutina diaria, porque de allí (del Santísimo) uno va bebiendo lo que después puede dar; tantas estupideces y tantas torpezas comete esta iglesia venezolana porque le falta oración. Entonces en ese momento de oración me viene el recuerdo de la narración del doctor Krinitzky y me digo: ‘oye no será ese el milagro de José Gregorio’. Después de las 8 am de ese día llamé a Krinitsky y le dije que estaba impresionado con lo de la niña, que le preguntara a la mamá de si le pidió a algún santo.

—¿Qué le respondió Krinitzky?
—Me dijo que nunca le preguntó porque él respeta mucho lo religioso. Y como en Apure hay mucho evangélico, a Krinitzky le dio miedo que ella perteneciera a esa corriente y se molestara con la pregunta de un milagro. Además, hacía año y medio que el doctor no veía a la mamá de Yaxury. Eso se lo pregunté a Krinitzky un viernes y el lunes le llegó la señora con la niña para un control.

—¿Y cómo reaccionó el médico ante esa inesperada visita?
—Cuando Krinitzky la vio en el hospital de San Fernando de Apure se echó a reír. La señora le preguntó que si se estaba burlando de ella. Krinitzky le dijo que le dio risa eso, porque él estaba deseando verla. Y allí le preguntó y la señora le dijo que efectivamente ella le pidió a José Gregorio Hernández mientras estaban operando a su hija. La señora contó que un médico con sombrero blanco le puso la mano en un hombro y le dijo que todo iba a salir bien. Ella dice que se quedó esperando a ese médico que saliera del quirófano para preguntarle cómo había salido la operación, pero nunca salió. Cuando Krinitzky escuchó ese testimonio, me llamó inmediatamente y le dije que se elaborara un informe inicial.

—¿Y qué hizo usted con ese informe?
—Yo pasé ese informe al Vaticano y la teólogo que llevaba la causa de José Gregorio dijo: ‘si esto es así, es una pedrada al piso’. Yo los puse en contacto con el médico y de allí se desencadenó todo. Cuando eso arrancó yo desaparecí, no quise que me nombraran en nada para evitar rencillas. Cuando se aprobó el milagro en El Vaticano, le dije al doctor que evitara nombrarme. Pero después me dijo que ya no podía ocultar más ese detalle.

—¿Y cómo cayó eso en las autoridades eclesiásticas venezolanas?
—Bastó que apareciera en los medios de comunicación como el que había encontrado el milagro para que me desaparecieran de todas las ceremonias de la beatificación de José Gregorio. Iba a realizarse una oración con un pase televisivo desde la iglesia de La Candelaria y le dijeron al párroco que cualquier cura podía hacerla, a excepción de Numa Molina.

—Pero pese a ello usted visitó al Papa Francisco. ¿Habló con él de José Gregorio Hernández?
—Era uno de los puntos. Pero eso fue antes de este milagro; el 14 de agosto de 2013. El Papa no sabía nada de José Gregorio Hernández. Fue una audiencia privada, tanto que no pasó por la Secretaria de Estado. Cuando le conté la vida de José Gregorio el Papa dijo: hombres como él unen a los pueblos. Luego él me dice que investigue en qué estado se encontraba la causa de José Gregorio. Cuando regresé a Venezuela todo lo tenían hermético. Intenté y terminé avisándole al Papa que no se podía.

—Después hubo otro encuentro con el Papa Francisco.
—Fui con el presidente Maduro en junio de ese mismo año 2013 integrando la comitiva. El Papa nos vio a todos y observó que andaba un sacerdote jesuita, yo lo saludé. A todos les dio un medallón en bronce y a mí me regaló un rosario. Él le dijo a Francisco Lombardi, jefe de prensa, que me buscara. Mientras el presidente Maduro se reunía con el Papa, me llamaron a mí para otra sala. Después concelebré misa con el Papa en su capilla privada el 24 de febrero de 2017 cuando cumplí 25 años de haber sido ordenado sacerdote.

—¿Qué impacto tuvieron esas visitas en la jerarquía de la iglesia criolla?
—Nada. Porque como ellos todo lo ven desde el lente político; además, un concepto de política bien equivocado. Porque la política es hacerle bien a la gente.

—Aunque se observa un discurso más moderado de parte de algunos voceros de la Conferencia Episcopal Venezolana respecto al presidente Maduro. ¿Estoy equivocado?
—Cuando uno mira los documentos que ha venido sacando la Conferencia Episcopal después de la pandemia siguen siendo igual de agresivos contra el Gobierno. Agresivos y parcializados. De repente el documento tiene 12 puntos, de esos hay ocho que son una joya en pastoral y todo lo demás; pero hay dos o cuatro que pareciera que se los dictó un político de la oposición; entonces con eso destruyen todo. Lógico que con la beatificación de José Gregorio hubo un acercamiento, oye pero el colmo fuera que no lo hubiese, si el Gobierno estuvo tan atento a todo lo que fue la beatificación. Después fue el presidente de la Conferencia Episcopal y el Nuncio a reunirse con Maduro en Miraflores. Eso se vio bonito, pero después tú escuchas las homilías los domingos y te encuentras a alguien atizando el fogón para que se encienda el fuego nuevamente. Una falta de inteligencia política.

—Hablando de su vocación, usted dejó la docencia por la vida sacerdotal. ¿Cómo fue esa transición?
—Con un grupo de jóvenes estudiantes universitarios que hacíamos vida de comunidad en el centro de Mérida, comenzamos a recoger niños limpiabotas. Te estoy hablando de los años 80, la década terrible en la que el pueblo se fue empobreciendo cada día, el famoso Viernes Negro que terminó con el Caracazo.

—Un grupo de ‘autoconvocados’
—Sí. Pasábamos todo el sábado con 40 niños. Cada uno enseñaba lo que sabía. Un invidente, abogado tocaba guitarra y les enseñaba a tocar. Yo les enseñaba pintura. Después me encontré a un pintor en el Bulevar de los Pintores de Mérida y resultó ser de esos limpiabotas.

—¿Qué le dejó esa experiencia?
—Cada sábado iba con un niño a su casa para ver dónde vivía y allí me fui encontrando con la pobreza del barrio. Ahí yo vi eso que se publicó: una señora preparando perrarina con cebolla y pedazos de tomates para darle a sus muchachitos. Cuando me encuentro con esa realidad comencé a cuestionarme y me dije ‘Numa, tu misión no está en las cuatro paredes de un aula’. Así es que los pobres fueron quienes me llevaron a mí al seminario. Y después los pobres me han enseñado a leer el evangelio.

—Usted vino entonces para dar “testimonio de la verdad”, como dice el Evangelio de Juan.
—Todos estamos llamados a ser testimonio de la verdad. Pero allí entra el papel que ha jugado la iglesia en estos dos mil años: se ha reservado la santidad y el compromiso de ser parecido a Jesús solamente al clero; entonces te encuentras con que la mayoría de los santos son monjas, sacerdotes. Ahora es que están apareciendo santos laicos. El santo más querido que tiene Venezuela en este momento es un laico (José Gregorio) que desde su profesión como médico, científico, se puso al nivel de los pobres y alcanzó el camino de la verdad. La verdad comienza a ser descubierta cuando comenzamos a vivir como Jesús, por eso Jesús es testimonio de la verdad.

—¿La iglesia da ese testimonio?
—Todo el problema de aquella religión que encontró Jesús se resumía en una palabra y hoy podemos decir lo mismo a nivel del cristianismo: la incoherencia. Eso pasa en política también. La incoherencia: decir una cosa y hacer otra. Conozco a expertos que se han hecho unos expertos hablando de los pobres, pero nunca han vivido con un pobre.

—El Evangelio habla de un juicio final, dando a entender que esta justicia terrenal es insuficiente y presenta a la indiferencia como el peor de los pecados. ¿Eso es así?
—Esta justicia terrenal es insuficiente porque los hombres la hemos hecho insuficiente. El juicio universal de Jesús en Mateo capítulo 25 dice “tuve hambre y no me diste de comer”. Es decir, que el día final, final, Dios te llamará y te dirá “mira, ven a celebrar la fiesta conmigo” o les dirá “váyanse al carrizo, porque tuve hambre y no me diste de comer”. Cuando tú miras en qué consiste la verdadera religión, entre comillas, ese texto del juicio final es uno de los más antirreligiosos de Jesús. Porque Jesús no dice: “véngase porque tú fuiste a misa los domingos y puedes estar en el cielo”. No tiene nada que ver con preceptos religiosos. Es el hambre, el frío, el tuve preso, que no tenía ropa…es ahí donde se juega la vida de todo ser humano.

—¿La iglesia católica aún tiene un mensaje de esperanza para ofrecer o ese mensaje se ha visto opacado por sus pecados internos?
—La iglesia no es la jerarquía; esa es una institución de la iglesia. La verdadera iglesia es el pueblo de Dios, es decir, todos los bautizados del mundo. Cuando tú me dices que si la iglesia tiene todavía un mensaje a pesar de todos estos errores, claro que lo sigue teniendo. Sigue teniendo la posibilidad de que sigan apareciendo muchos José Gregorio, madre Teresa, madre María de San José. Hoy más que nunca estamos llamados a seguir siendo un testimonio de esperanza. En el momento en que tú como laico, como periodista lo haces bien, tienes una opción por el pobre, tienes una opción por la justicia, por el excluido, en ese momento estás siendo un cristiano autentico.

—¿La pandemia que arropa a la humanidad ha traído una crisis de desesperanza o estamos en un proceso de cambio de valores?
—Creo que ha traído las dos cosas. La crisis de desesperanza lógico que uno la encuentra, porque, sobre todo el pobre, se siente desamparado cuando le llega la pandemia y si los hospitales están llenos es peor. En medio de todo eso el pobre vive momentos de desesperanza. He visto gente que como que pierden el sentido de la vida. Cuando miran en las redes y ven que eso está pasando en el mundo entero, eso te genera como una pérdida del sentido de la vida. Por otra parte, uno ve como el pobre se ha reingeniado la vida. El pueblo ha ganado mucho en solidaridad y en capacidad de resistir. Eso es propio del venezolano.

—¿Cómo ha sido su experiencia sacerdotal en Ciudad Caribia?
—Son 17 mil 500 habitantes. Llegué aquí hace 10 años. He tratado de hacer de esta comunidad cristiana un centro de espiritualidad y crecimiento humano. Tengo catequistas, celebradores de la palabra y 10 concejos comunales incorporados a la iglesia, tanto que en las últimas elecciones que tuvimos de la renovación, hice una propuesta y fue aprobada: se creó un comité de espiritualidad y crecimiento humano, que se encarga de todo el tema de los valores en su sector. Voy a las reuniones de los consejos como un vecino más.

—En días pasados entrevistamos al vicepresidente del CNE, Enrique Márquez, y decía que en Venezuela venimos de una guerra con muertos y heridos. ¿Venezuela es un país herido, implosionado?
—Herido sí, más no implosionado. Herido porque nos han tocado algo fundamental para ser felices que es tener la capacidad que veníamos teniendo hasta el 2013 de disfrutar, por ejemplo de la gota de petróleo que se nos había negado siempre. La cosa interesante nuestra es que nos hieren pero seguimos caminando. Una cosa es que te hieran y te quedes a la orilla del camino curándote y quejándote. Nuestro pueblo se siente herido pero camina. Parte de la migración es porque en medio de esa desesperanza que se generó, la mediática y los enemigos se aprovecharon. Eso pasa como cuando tú estás con una emergencia porque te van a operar un hijo y hay un oportunista en el barrio que ve que tienes un buen carro y dice ‘esta es la oportunidad de comprárselo regalado’.

—¿Eso quisieron hacer con el país?
—La dinámica imperialista es oportunista. Vio una oportunidad en el acoso que ha tenido el pueblo, porque eso es lo que han hecho: acosarnos, acosarnos, acosarnos con una inflación predeterminada, inducida para después decirte ‘este pueblo es una porquería, este país no vale nada,váyase’. Y ahí tenemos todo lo que le ha pasado a los venezolanos. l

 

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