Pare de Sufrir | El mundo tras la pandemia, por Luis Britto García

Mark RALSTON / AFP)

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Cinco meses han pasado desde la detección del Coronavirus, sin que podamos prever sus efectos definitivos. Su tasa de mutación es baja, por lo cual  es poco probable que mute hacia una variedad inofensiva. Sin embargo, esa estabilidad implica que se podría desarrollar contra él una  vacuna de  eficacia perdurable. Su destino y el nuestro  dependen de  las políticas sanitarias, vale decir, de la respuesta humana. O de las antagónicas respuestas humanas.

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Dos concepciones sobre la sociedad y la economía se disputan el mundo. La primera sostiene que la economía existe para servir a la sociedad y que en alguna medida debe estar bajo control social. La segunda afirma que la sociedad existe para servir a la economía y que por tanto la debe dejar hacer, dejar pasar. Las posiciones ante la economía se traducen en estrategias ante la pandemia. Las naciones que intentan controlar la economía –China, Cuba, Venezuela- controlan el contagio. Las naciones que dejan hacer y pasar a la economía también  dejan hacer y pasar al coronavirus.

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En los países donde la sociedad ejerce algún control sobre la economía se garantizó  asistencia médica a todos; se adoptó la cuarentena para impedir el contagio personal, se prefirió la pérdida de dividendos a la de vidas. En los países que dicen dejar hacer y dejar pasar, se prefirió la pérdida de vidas a la de dividendos: no se adoptó cuarentena; se reservó la asistencia médica sólo para quienes pudieran pagarla. En Estados Unidos no hay política nacional de cuarentena;  sólo se puede solicitar licencias de enfermedad por dos semanas  en empresas de más de quinientos empleados; más del 40% de la población carece de seguro médico, y tampoco existe  pago extra ni seguro para trabajos de alto riesgo sanitario. Quizá por ello sea el país que encabeza las estadísticas mundiales de la pandemia para el 15 de abril, con 636.350 casos confirmados, 28.326 fallecidos, a una cadencia de 9 por día y una proporción de 195 por 100.000 habitantes. España, país neoliberal si los hay, ocupa un honroso tercer lugar mundial en la pandemia, con 182.616 casos, 19.130 víctimas, 41 muertes diarias y 391 por 100.000 habitantes. Mientras que China, donde se localizaron los primeros casos, a pesar de su enorme población presenta sólo 83.356  casos confirmados, con 3.346 fallecidos, en proporción de 6 por 100.000 habitantes. Cuba, país bloqueado y agredido, presenta sólo 814 enfermos, con 24 fallecidos, 7 por cada 100.000 habitantes. Son cifras de El País, diario español que se ocupa obsesivamente de cuanto ocurre en Venezuela, y que curiosamente omite informar que en nuestro bloqueado, calumniado y agredido país apenas se han presentado 204 casos, con 111 recuperados y 9 fallecidos. A tal globalización, tal pandemia informativa.

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Los números citados invitan a la rectificación, los poderes dominantes convocan a la obstinación. Como de costumbre,  sólo piensan cómo sacarle provecho al desastre. Henry Kissinger afirmó  en el Wall Street Journal que “Los líderes están lidiando con la crisis desde una perspectiva principalmente nacional, pero los efectos corrosivos que el virus tiene en las sociedades no conocen fronteras. Si bien el ataque a la salud humana será —esperemos— temporal,la agitación política y económica que ha desencadenado podría durar generaciones. Concluye el planificador de los genocidios de Chile y de Indonesia que es indispensable “salvaguardar los principios del orden mundial liberal”, y para ello  enfrentar la crisis como un problema internacional o más bien globalizador, con medidas que asimismo podrían “durar generaciones”. Más de lo mismo por los siglos de los siglos.

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Pues la pandemia ha servido como cortina de humo mediática para distraer la atención sobre la paralela patología del sistema económico.  No sabemos el porcentaje de la población del planeta que perecerá por causa del morbo. Pero la dificultad de controlar un patógeno nuevo podría permitir su propagación exponencial. Para el neoliberalismo es insoluble problema la enorme masa de excluidos a los cuales no puede ofrecer trabajo ni integración a la producción ni al consumo. Nada más cómodo que culpar al coronavirus y a la cuarentena de la crisis que sacude al mundo. Pero las crisis económicas, siguiendo la profecía de Marx, se han hecho cada vez más continuas, graves y  devastadoras sin necesidad de un solo estornudo. Sin  trabajadores en las maquilas ni consumidores en los mercados no hay capitalismo.  

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Ninguna epidemia eliminará por sí sola el capitalismo, salvo que sea tan destructiva que aniquile el sistema económico en su casi totalidad. Pero recordemos que guerras cuyo costo material y demográfico  debilitaron imperios abrieron paso a las grandes revoluciones del siglo pasado. La primera Guerra Mundial desbarató al zarismo, y el pequeño partido bolchevique pudo declarar la primera gran revolución socialista en el país más extenso del planeta. La Segunda Guerra Mundial, con su costo de 60 millones de vidas,  no sólo barrió al Imperio del Sol Naciente, facilitando el triunfo del Partido Comunista Chino: también dio paso a una oleada de descolonización que sacudió a los imperios británico, francés, italiano, holandés y belga. Una catástrofe a la vez económica y demográfica podría terminar de debilitar a los imperios actuales y crear oportunidades revolucionarias. Pero esto no ocurrirá por sí solo. Durante el siglo pasado, el capitalismo aprendió a utilizar las crisis para forjar los más perfectos instrumentos contrarrevolucionarios: los fascismos. Una crisis de postguerra fue  pedestal de Benito Mussolini y  escalinata de Adolfo Hitler; sucesivas depresiones fueron  campos de cultivo de los votos que elevaron a Margaret Tatcher, a Nixon, a Bush padre e hijo, a Donald Trump. Ni la dialéctica ni los virus se llevarán al capitalismo. A sus víctimas nos toca pensar las estrategias, crear las organizaciones, dinamizar los movimientos que cumplirán la transformación social.

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