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En 1943 México era gobernado por el polémico general Manuel Ávila Camacho. En Venezuela, igualmente dirigía la primera magistratura un militar con idéntico grado, pero significativamente distinto: Isaías Medina Angarita. Este andino, si bien venía de la herencia gomecista, daba claros signos de amplitud democrática y ciertamente progresista: la Ley de Hidrocarburos, en este sentido, es un ejemplo emblemático.

Guardando las distancias, en las políticas internas de ambos mandatarios se hacían sentir los ecos de viejos y nuevos problemas: la impronta de la Revolución mexicana, con su conjunto de promesas todavía frustradas, y en Venezuela, las rémoras de una dictadura que no terminaba de morir.

No solo luchas políticas, demandas sociales o dificultades económicas han estrechado con gran similitud las dos patrias hermanas. También el cine tiene un expediente interesantísimo entre México y Venezuela y sobre este aspecto queremos brevemente hacer alusión.

En 1943 ocurrió un fenómeno llamativo que puso en evidencia, una vez más, la vinculación histórica y espiritual de dos pueblos amigos. Nos referimos al estreno de la película Doña Bárbara, basada en la obra de igual nombre del maestro Rómulo Gallegos.

Atrás quedaba la pretensión del eximio escritor venezolano de ejecutar este ambicionado proyecto con la Metro Goldwin Mayer. Ahora, la meca era México con su atractivo y envidiable reconocimiento mundial.

Así, Doña Bárbara pasaba de la literatura a la gran pantalla.

La laureada obra publicada casi tres lustros antes llegaba al celuloide, dirigida por Fernando de Fuentes y producida por Jesús Grovas. Tengamos delante a María Félix, quien encarnaría a la mismísima “devoradora de hombres”. También es muy destacable la actuación de Julián Soler como Santos Luzardo.

Se cuenta que cuando Gallegos, quien participó en el guion del film, vio por vez primera a la diva mexicana, expresó: “Allí está mi Doña Bárbara”. Esta impresión inicial, ocurrida en un restaurante de Chapultepec, sería a disgusto del director quien ya había reclutado a Isabela Corona para la representación de tan importante personaje.

Fernando de Fuentes veía en María Félix, quien apenas rozaba la treintena de edad y contaba con dos películas a cuestas, una novata para asumir tan titánico papel. El tiempo le haría tragar sus palabras.

Como película de culto, Doña Bárbara abrió las puertas a la joven María Félix, con la cual se experimentó una sincronización maravillosa entre la actriz y el personaje asumido, dando paso al nacimiento mítico de una estrella para toda la vida. Jugarretas del destino: emergía la leyenda de María Félix, ahora conocida como “La Doña”.

Un mexicano y un venezolano hicieron de las suyas. Fernando de Fuentes en yunta con Rómulo Gallegos consumaron una reivindicación histórica, toda una venganza femenina, reivindicación y venganza que en estos días convocan entusiastamente al pueblo de Benito Juárez, al tener por primera vez a una mujer en la Presidencia de la República. Porque esa ultrajada Barbarita se convertiría en el séptimo arte con la presencia de María Félix en una femme fatale.

Esa hembra que con un cigarro en sus provocadores labios, que con una imponente pistola al cinto y un amenazante fuete en mano le propinó, con sus bemoles, un duro golpe al machismo vernáculo y telúrico de su tiempo.

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