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Cuando se detuvo el reloj

Cual presagio lo había dicho en su poema Informalidad: “Yo no tengo noción del tiempo/ Mi corazón es un reloj/ que de meditar las horas se atrasó/ Cada minuto lo cavila / cada segundo lo contempla / y con esa noción del tiempo a ninguna parte se llega/ Yo siempre llego a todas partes/ una hora después/ o una hora antes (…) Yo no tengo noción del tiempo/ por eso pienso muchas veces/que cuando muera, moriré/ después del día de mi muerte.”

Falleció el juglar. Había sufrido el exilio en tierra de Pedro Infante. Vivía el ostracismo cuando Adolfo Ruiz Cortines estaba en la primera magistratura del país norteño, un veracruzano progresista que tenía una amplitud benevolente con los expatriados.

Era el momento de botas militares por todos lados. Fenecía el bardo exilado de la nación de libertades usurpadas. Expiraba el defensor de la palabra inteligente y humorada, apólogo de la democracia en tiempos en que eso implicaba perder la existencia misma. Ya había sufrido la cárcel, la tortura y la proscripción.

Fue en las intermediaciones de la Ciudad de México. El autor de Las uvas del tiempo, quien moraba en Cuernavaca, fue a la capital a evaluarse la salud, además de congregarse con sus conmilitones de viaje, con los compañeros del otrora partido revolucionario, Acción Democrática, a propósito de un año más del asesinato del valiente Alberto Carnevali. Él era el orador del acto de los desterrados.

Su decisión de no retornar a casa sino visitar a su pariente, el médico Rafael José Neri, cambió su destino.

El reloj marcaba cerca de las nueve de la noche cuando el automóvil Buick conducido por Leopoldo Díaz Gil era embestido por un Cadillac grande, piloteado por un sujeto negligente y mortal, de nombre Héctor Ponce López, empleado de estudios Churubusco.

Estaba presumiblemente ebrio, lo que descarta la idea de una muerte por encargo de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

El vehículo donde iba el rapsoda perdió el control y colisionó contra un árbol. Una vez la puerta abierta, el romancero, cual saeta hacia el horror, era aventado.

Su cabeza se fue a estrellar contra la acera y lo demás fue el dolor, la agonía y prontamente el fin. El choque fue en la avenida Xola y Mier y Pesado. Lo acompañaban Angelina Iturbe, Cecilia Olavarría, Félix y María Cabello de Gil. En el accidente algunos salieron ilesos, otros con contusiones algo serias. La esposa del vate, Angelina, tuvo que ser intervenida quirúrgicamente: se le realizó una cirugía estética.

Una ambulancia de la Cruz Verde del Puesto de Emergencia 2 trasladó a los heridos a sus instalaciones, en la avenida Cuauhtémoc y Obrero Mundial, lugar en el cual el mismo doctor Neri operó al trovador, para intentar detener la hemorragia. Fue inútil.

Sucumbió a las cuatro y media la madrugada del 21 de mayo de 1955. Los expertos certificaron que la luz del lírico se apagó a los 58 años de edad debido a un infarto cardíaco y a fracturas de cráneo.

El cumanés fue velado en la Agencia Gayosso. Cubierto el ataúd con el tricolor nacional, su sepelio fue un acontecimiento internacional. La funeraria estuvo atiborrada por gente de todas las nacionalidades, corrientes políticas y clases sociales.

Desde el gran León Felipe hasta el general Lázaro Cárdenas fueron a despedir puntualmente a Andrés Eloy Blanco, quien era conocido como “El poeta del pueblo”.

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