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Charles Baudelaire, el afamado poeta maldito, hace rato dejó caer una sentencia para la inmortalidad: “La mayor habilidad del diablo es hacernos creer que no existe”. Sabia aseveración que nos invita a pensar en el imperialismo, en ese fenómeno histórico perverso que muchos tenían por muerto y enterrado; más cuando la carta de defunción se la dieron los conversos izquierdistas de la década de los ochenta del siglo pasado, en comunión con célebres posmodernos de discursos mortecinos.

De tal modo que está en lo cierto el autor de Las flores del mal: los poderosos de marras, camufladamente, van contra el digno que no quiere rendirse, y entonces “le tuercen el brazo” y lo culpabilizan de todas sus desgracias.

Ahora, las preguntas de rigor: ¿Una potencia en lo económico, en lo militar, en lo comunicacional, puede atacar a otro país por estar en desacuerdo con su forma de gobierno? ¿En qué reside la acción de que Estados Unidos arremeta contra Venezuela sin más ni más? ¿Es la “democracia” norteña el paradigma a seguir?.

Responder estas interrogantes nos habla de la violencia de un imperio, cobarde, inmoral, que se vale de la dependencia estructural de una nación que soberanamente tomó su propio sendero. Así de simple.

Más allá de que si el chavismo es malo o bueno, mucho más allá del relato de que es un “régimen dictatorial”, lo último, lo verdadero, es que los gringos, cual malandros del vecindario, guapos y apoyaos, hacen lo que les venga en gana ante el miedo, el chantaje, la complicidad y el silencio de los otros.

Claro, ser soberano –con los errores que pueda tener el Gobierno Bolivariano, de paso, toda gestión las tiene– cuesta mucho.

Venezuela se atrevió a levantar la voz y toda la agenda imperial se encarnizó sobre ella con el entreguismo de algunos.

De allí que los odiantes tienen que socavar los pilares espirituales del pueblo venezolano, erosionar su economía, romper sus tejidos sociales y aislarlo de la comunidad internacional. Algo así como el hampón que tiene pistolas, dinero, carros y una banda que embiste contra el estudiante, deportista y teatrero de la comunidad.

Muchos saben que el gañan hace mal, pero le tienen pavor, tiran las ventanas de sus casas y se encierran a ver sus cajas bobas y sus teléfonos hipnotizantes.

Lo que digo es que es legítimo y respetable ser opositor en Venezuela. Lo que no tiene perdón de Dios es ser cómplice de la destrucción del país.

Por eso Estados Unidos y sus serviles jugarán a devastar la herencia de nuestros hijos. Emplearán narrativas como Estado fallido, es decir, hablarán de la existencia de un régimen incapaz de funcionar a lo interno –con precaria administración pública, con inestabilidad económica, sin servicios básicos, altamente criminal y corrupto, de migraciones forzadas, sin control territorial, con pobreza extrema, etcétera– para justificar el saqueo de la Patria Bolivariana. Todo esto con un “detallito”: no mencionan en sus “sesudos análisis” el bloqueo contra nuestra nación.

¿Qué vendría después? La toma del poder por una élite que ya remató nuestra tierra a intereses transnacionales.

Lo triste de todo esto es que haya algún paisano que crea que quienes nos llevaron a este punto crítico nos van a sacar de él.

No hay que esperar luz de los plantadores de sombras.

Por eso, con las elecciones que se realizarán este próximo 28 de julio, debe seguir la Revolución Bolivariana.

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