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Caos judicial

En medio de la alharaca sobre la designación de nuevas autoridades del Tribunal Supremo de Justicia como si se tratara de un sanalotodo, no se ha hecho mención de cambios más profundos y estructurales. Se obvia que la justicia es un sistema integrado no solo por jueces, sino también por fiscales, inspectores, defensores públicos, auxiliares, abogados y ciudadanos que participan en ella. Además, poco o nada se hace si no se cuenta con herramientas mínimas y condiciones materiales para su ejercicio.

¿Alguien ha pasado por el Palacio de Justicia de Caracas? Allí se concentran los tribunales penales ordinarios y especializados. La avenida Este 8 desde Santa Teresa hasta Cruz Verde es un solo reducto de tarantines, buhonería y tinglados haciendo insufrible —incluso inseguro— el tránsito peatonal y de vehículos. Pero resulta más paradójico que en el lado sur de la planta baja del esperpéntico edificio poco funcional y a medio terminar se hallan más de una veintena de negocios de quincallería que duplican la fruslería. Como si no fuera suficiente, tiene adosado un gran mercado informal. Se supone que allí deberían estar locales que presten asistencia a abogados y usuarios, tales como alquiler de togas, centros de copiado, impresión e internet, cafeterías, librerías y oficinas vinculadas al sistema judicial.

La responsabilidad del uso de ese medio-edificio es de la Dirección Ejecutiva de la Magistratura. El lado norte está ocupado en condiciones lamentables por el Instituto Geográfico de Venezuela Simón Bolívar, propio de una locación distópica y en el que deberían funcionar igualmente tribunales. Esto, sin hablar de las penurias que trabajadores y usuarios padecen en ese inmueble incómodo. Indigno. El caos urbano afecta la conducta humana alterando el sistema nervioso de forma crónica, transforma las interacciones sociales y eleva los niveles de agresividad, aislamiento y estrés.

El corolario de este pandemonio desemboca en un pobre islote dirección este donde aleatoriamente se colocó un busto, réplica de una escultura de mayor tamaño, obra de Pietro Ceccarelli, que está en el atrio de la sede del Colegio de Abogados de Caracas del “Licurgo venezolano”, jurista, político, periodista e ideólogo de la independencia de Venezuela, Manuel José Sanz, y que sirve de perchero para la buhonería desplegada a sus anchas en esa zona.

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