“La enfermedad del siglo es una sed insaciable de riqueza”, sentenciaba Simón Rodríguez, analizando las dinámicas que delineaban la modernidad. Su diagnóstico, plasmado en 1842, en la edición de Sociedades Americanas en 1828, no fue una mera crítica moral, sino una radiografía política de un sistema que comenzaba a consolidarse bajo la lógica de la acumulación desmedida.
Rodríguez cuestiona la relación entre la infraestructura (la base material) y la superestructura (la ideología y la institucionalidad) del capitalismo naciente. Identifica tres delirios que aún resuenan con inquietante vigencia: la traficomanía, la colonomanía y la cultomanía. Describe un engranaje donde el comercio se alía con las ciencias para dominar las artes, entendidas aquí como los modos de producción. Esta es una intuición precoz de la alianza entre el capital industrial y el desarrollo técnico, que busca subordinar el trabajo humano a las exigencias de un mercado insaciable. Para el político caraqueño, la economía no es un ente aislado; es una estructura que requiere de la ciencia y la ideología para asegurar que la clase productora permanezca, paradójicamente, vinculada a la pobreza.
La crítica al Estado es igualmente contundente. El “rey” que describe no es una figura de linaje o prosapia, sino una función instrumental: un administrador de asuntos mercantiles al servicio de la “empresa”. Rodríguez anticipa la visión del Estado como comité de gestión del capital. Además, al diseccionar la división entre los “cultos” —que protegen la materia prima en el exterior— y las “ciencias” —que gestionan la transformación en el interior—, prefigura la actual división centro-periferia, donde el control de los recursos es el mecanismo vital para alimentar el motor del sistema.
Hoy, al releer estas líneas, la agudeza de Simón Rodríguez es pasmosa. El plan del capital sigue basándose en la seducción o, cuando esta falla, en la fuerza. Sin embargo, Rodríguez nos entrega una herramienta de emancipación: “el siglo tiene su enfermedad; pero también tiene su Jenio”. Ese genio reside en las “luces” del sujeto, en su capacidad de someter el proyecto del capital a la crítica.
Invitar a la crítica no es un ejercicio académico, sino un imperativo político. Ante la «sed insaciable» que hoy amenaza con colapsar nuestra sociedad, la propuesta de Rodríguez permanece como un faro: no es con más delirios mercantiles como saldremos de la crisis, sino recuperando la conciencia crítica que nos permite, finalmente, dejar de ser vasallos de un plan que no nos pertenece.




