Según Marx y Engels, hay un tipo de alienación en que los hombres, a partir de la deformación, el distanciamiento y la desconexión al consentir que sus relaciones se mantengan por elementos ajenos a ellos, o se cosifiquen, se transforman en enemigos del hombre: se atribuyen una condición divina, la cual se convierte en superioridad, en que naturalizan, o normalizan, la esclavitud, la desigualdad social, la injusticia y la muerte.
Ese sobrehumano, transformado en una entidad divina, es el supremacista por excelencia que piensa que goza de una posición privilegiada, como la de ser parte de un grupo especial, ya sea un pueblo elegido, para así deshumanizar a otros hombres en nombre de Dios y ejercer el poder social como forma de control sobre otro grupo, que es sometido, esclavizado y hasta exterminado, tal como los indígenas fueron asesinados por los conquistadores españoles porque decían que no tenían alma; los llamaban bárbaros y sus lenguas eran bárbaras.
En el 2023, se recrudeció el exterminio de los palestinos en la Franja de Gaza, aunque, en un primer momento, dijeron que los ataques eran dirigidos al grupo Hamás, justo cuando los medios del capitalismo global denominaron el inicio de esto “conflicto Israel-Hamás”. Con esto, buscaban encubrir lo que vendría después: la muerte de civiles y, particularmente, niños, que se convirtieron en el verdadero objetivo militar. Dicen que esas acciones perversas las manda Dios, pero quien está detrás del genocidio y del infanticidio en masa es la élite del capital corporativo.
Recientemente, una exoficial estadounidense acusó al ejército militar israelí de quemar niños, y señaló que esto contradecía los valores democráticos de Estados Unidos. Agregaría que los de cualquier nación; no solo es violar el derecho a la vida, sino que es el crimen de guerra más atroz por la forma en que es cometido; irónicamente, solo comparable con el holocausto y con los crímenes de la Segunda Guerra Mundial.\
El sobrehombre marxiano se atribuye una condición divina en la que se cree, aunque suene contradictorio, con el “derecho” de quitar la vida a un ser humano, de cosificarlo, de barbarizarlo y de vanagloriarse con ello en nombre del dios de las religiones, que no es otro que el del capital, el de la guerra y la miseria.




