Cada 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, nos convoca a reflexionar sobre las prácticas que construyen o destruyen el bienestar emocional de la sociedad.
Se suele asociar este día con la meditación, la terapia individual, el autocuidado, dejando de lado algo muy importante: la salud mental no se construye en aislamiento, sino con la calidad de los vínculos que cultivamos.
La responsabilidad afectiva nos recuerda una verdad incómoda: las decisiones que tomamos no están en el vacío, puesto que afectan directamente la estabilidad emocional de las personas del entorno.
Vivimos una era en donde se fomenta el individualismo de forma permanente: “mi paz está primero”, apelando al cuidado personal para evitar conversaciones incómodas con total falta de empatía, cancelación de compromisos afectivos sin la menor consideración hacia la otra persona.
Todo lo anterior es egoísmo disfrazado de “autocuidado”. Para proteger la salud mental colectiva, es necesario desmontar algunas dinámicas cotidianas como el uso y abuso de lenguaje psicológico para manipular al otro u otra:” eres muy intensa (o)”, “eres muy dependiente”, para invalidar o descalificar la expresión legítima de sus emociones ante una situación que le es desagradable.
De igual forma, el uso del silencio como forma de agresión al desaparecer semanas enteras sin cerrar una conversación. La verdadera responsabilidad afectiva no radica en ser perfecto o cargar con la felicidad del otro. Se trata de ser coherentes en pensamiento y acción.




